La Nave del Olvido
de Patricio Ventosa
Aguántenme tantito: Hay dos teorías hermanas que buscan explicar el tiempo y el futuro, el universo de bloque y el universo creciente de bloque. En poquísimas palabras, la primera describe al tiempo, según la teoría de relatividad especial de Einstein, como una masa inamovible. Digamos, el pasado y el futuro existen de la misma forma que el presente. El pasado sigue existiendo y el futuro ya existe. La conciencia nos lleva de la mano para experimentar el universo de forma secuencial. La otra, la segunda, se basa en una idea muy similar que afirma que el pasado sigue existiendo, pero el futuro actúa distinto. Por mi sanidad y la suya no voy a entrar en los detalles cuánticos (que a duras penas entiendo), pero la idea es que, dada la irreversibilidad del tiempo, este crece de forma no muy diferente a nosotros. El futuro es entropía pura, nada más que una posibilidad matemática hasta que se cruza con el presente. El presente, entonces, toma esa energía potencial y la convierte en algo palpable; la convierte en el pasado.
La Nave del Olvido fue la primera canción de José José que escuché. Me introdujo al humanísimo alarido de dolor causado por el porvenir. Dino Ramos, al escribirla, le atinó a la subjetividad que tenemos al tratar con el tiempo; la arrogancia con la que lo usamos como una herramienta. “Espera, no entendería mis mañanas si te fueras”, el futuro es incertidumbre. “Espera, aún me quedan en mis manos primaveras”, el futuro es certero. El mismo vehículo que nos permite experimentar el tiempo es aquél que nos hace creer que podemos controlarlo. De alguna forma, José José me dejó saber que el futuro podría moverse a mi favor a través de súplicas, plegarias y una adicción tremenda a las migajas.
Si te quedas (por favor quédate), te prometo que todo estará bien y te voy a hacer cariñitos; si me dejas (por favor no me dejes), sabrá Dios que desgracias descenderán sobre mi pobre alma. Yo decido si el universo es aleatorio o si es de tino implacable, arbitrariamente. Pero, ¿preferimos el duelo de perder algo que pudo haber sido o el de saber que nunca sería? ¿Entropía o stasis?
“No condenemos, al naufragio, lo vivido”. Naturalmente, creo que gravitamos hacia la idea del universo creciente de bloque. Parece, en primera instancia, la opción más piadosa y optimista, pero revisitemos esa frase. En cuanto te vayas, cuando esa posibilidad pase por el horizonte del presente, todos los ayeres, sin mañanas, quedan náufragos. Y aún con toda esa telenovela, parece que lo preferimos, ¿y cómo no? En el caos de la incertidumbre encontramos campos fértiles.
Sin embargo, como ya todos sabemos, el humano es un ser hecho de contradicciones. Queremos libre albedrío y queremos un destino. Padecemos de hibris, pero rezamos con fe. Para poder plantarnos en tierras vacías, casi inexistentes, necesitamos un cachito de esperanza. Cuando sabemos que nada está escrito, aún así prometemos a ciegas. Cuando sabemos que todo está escrito, aún así suplicamos a oídos sordos. Es un acto cíclico, creo. Sembramos mucho y cosechamos poco.
Dentro de nuestra arrogancia y humildad, no tenemos de otra más que ser sirvientes del tiempo. Sin importar todo lo que hemos dicho hasta ahora, mañana te vas a despertar para ir a chambear, y el metro estará lleno o no. Mañana tienes que llamarle a tu ma, sin saber cuantas veces vas a intentar colgar sin que ella te deje. Mañana vas a ensayar el “buenos días” que siempre te sale chueco al saludar al señor de la farmacia. Mañana entropía y stasis.
En fin, fantástica rola. Cuatro estrellas y media, tiene mejores.




