Ícaro
de Patricio Ventosa
Les juro por Dios que después de hoy no voy a volver a hablar de José José. En un rato, pues. Para quien no se sabe el chisme, el príncipe de la canción se retiró debido al severo abuso de sustancias y de trabajo. En los Latin Grammy del dos mil ocho, José Rómulo Sosa Ortíz se trepó al escenario en frente de toda la escena musical latinoamericana para hacer tres cosas: Agradecer a su esposa, leer un poema, y cantar Seré.
Me gustaría sentirme de una forma normal sobre este suceso, pero semi-honradamente les confieso que me arruinó la vida. Seré es una canción, plenamente, sobre volar cerca del sol. Es sobre el impulso de hacer todo en tu poder para cumplir con tu delirio de grandeza hasta que tu propia vida te suplique que te detengas. Es sobre, a pesar de que se te ha estado dice y dice que se te van a derretir las alas, matarte en el intento de tocar el sol. Es una profecía sobre un hombre que se dejó corromper por la grandeza para llegar aún más alto; sobre un ruiseñor al que, por castigo divino, se le arrebató el canto. Yo reconozco que esto de ninguna forma es ideal. Es dañino, es estúpido, es arrogante, es egoísta. Pero también es humano y es admirable y es de esas pocas cosas que me hablan a un nivel espiritual que, francamente, me asusta tanto como me emociona.
Entonces, regresamos: dos mil ocho, Latin Grammy. Recomiendo, antes de continuar, ir a Google a buscar “José José Poema al CANTANTE (HQ) y canta SERE” (así tal cual) y seleccionar el resultado que se vea de mayor calidad. Estoy a punto de describir lo sucedido, así que tampoco es indispensable. Pero ahí les va:
Después de leer el poema que, en pocas palabras, declara que el peor destino de aquél que ha cantado es que se le quite la voz, comienza Seré, casi de inmediato. Es entonces que un señor que apenas puede sacar aire de la garganta, canta. Canta, sin voz, una canción escrita veinticuatro años antes sobre ser “un sueño que sí se cumplió”, incluso si eso le quitaba el canto. Al segundo minuto de la canción, apenas escuchamos la voz del cantante. No porque se haya detenido ni porque su volumen sea menos, si no porque el público está cantando por él. Es esa escena de Spider-Man donde neoyorquinos cargan el cuerpo inconsciente de Peter Parker porque él no tiene la fuerza de levantarse. Es el final de Cars, donde un corredor joven ayuda al destrozado Rey a cruzar, por última vez, la meta. El viejo ruiseñor ya no canta, pero si todos cantamos en su lugar, ¿quién se va a dar cuenta? Al final del video, este hombre que no puede ni ofrecerse a si mismo, regala por apenas un segundo lo que podría ser la última buena nota de su carrera, para terminar la canción tan roto como empezó.
¿Me explico? Escribo esta Singularidad con la piel chinita. Este complejo de Ícaro es una trampa. ¿Cómo no querer ser inmortalizado por tanto haber buscado lo imposible de encontrar? ¿Cómo no querer que se te caigan las manos de tanto escribir? ¿Cómo no querer perder la cordura en desvelo? Una trampa, les digo.
La única cura que yo he encontrado es la búsqueda de gloria en lo mundano. En lo sutil. Hace unas Singularidades, les contaba yo de mi abuelo Jaime. Jaime, nacido en el año treinta y cuatro, tuvo una vida común. Una vez cenó con María Félix, pero eso fue excepción. Se sentaba a ver Exatlón y a Pepe Cárdenas a las seis. Jaime se regocijaba en los cuadros que hizo al entrar a la universidad y en recordarme, como les contaba, que me enseñó a gatear. Jaime falleció hace unas semanas rodeado de gente que lo amaba y que él amaba de regreso. Puede parecer menos heroico, menos digno de épica y de fábulas en tu honor, pero dudo que lo sea.
De ninguna manera significa que voy a dejar de ponerme en riesgo emocional para intentar sacar mejores poemas o que voy a trabajar menos por miedo a la fractura, pero significa que no es lo único que voy a hacer. Al final, el complejo de Ícaro es contrarrestado por el simple de Jaime. Y, por miedo a perder el balance, suelto dos estrellas y media.




