La Singularidad No. 14

La Singularidad No. 14

Barcos (y, por asociación, aviones o cohetes)

de Patricio Ventosa

Yo creo, genuinamente, que navegamos para volver.


La NASA mandó a una tripulación de cuatro a bordo del Artemis II con rumbo a la Luna en abril de este año. Artemis II no aterrizó en la Luna. Orbitó, tomó fotitos y volvió. Y la foto más celebrada que nos trajeron era de la Tierra, asomándose detrás de la luna. Foto que, además, es casi una réplica exacta de una foto que ya habíamos tomado. Bueno, aclaro por transparencia que, en realidad, la misión fue para probar que la nave Orion funcionara correctamente en espacio profundo, para aterrizar en Artemis III. Aún así, en otras palabras, fuimos a la Luna para ver si podíamos ir a la Luna.


Si me preguntan a mí, creo que es desde ahí que ideamos todas estas máquinas. Si bien es cierto que la exploración trae beneficios, me es extrañísimo pensar que la primera persona en construir un aeroplano no soñaba con volar. Creo que el viaje a territorios ajenos a la humanidad no empezó con el primer vehículo construido para domarlo. Creo que empieza incluso antes del primer trazo del lápiz sobre los planos. Creo que empieza en la mera concepción de la idea. Los humanos empezamos a volar desde antes de construir un ala. "Todo avión es un sueño hermoso", dice un sueño de Gianni Caproni en Se levanta el viento.


El deseo por explorar es innato en el humano y los medios para lograrlo existen en nuestra imaginación antes que en el plano material. Pero ¿qué pasa con todos los barcos que nunca cruzan el portal? Mi abuelo Jaime pintó muchos durante los últimos años de su vida, pero nunca navegó. No en el sentido literal, vaya. Los hacía no porque supiera de diseño o de mareas, sino porque le gustaban. Navegaba en cada uno para volver y pintar el siguiente; navegaba plenamente por navegar, a bordo de barcos que nunca dejaron de ser ideas. La idea de un barco es un barco.


Jaime pintaba porque era lo que hacía: no como destino, no como conquista, sino como quien sale a caminar todas las mañanas sin preguntarse por qué. La vida como práctica, en el sentido más cotidiano y menos romántico de la palabra. Y resultó suficiente.


Y, también, como quien regresa al mismo libro porque sabe que ya no es la misma persona que lo leyó antes, Artemis II volvió con una foto que ya teníamos. Earthset es funcionalmente idéntica a Earthrise del Apolo 8 de 1968. Jaime pintaba la misma promesa de ir a algún lado. Que todavía podía. Que todavía quería.


Y aquí, confieso, es donde se me quiebra algo. Un barco que nunca toca agua no puede hundirse, ni naufragar, ni llegar tarde. No zarpa, y por eso nunca deja de volver. Es el único que hace su trabajo sin moverse: nos lleva al lugar al que íbamos desde antes de construirlo, que nunca fue un lugar sino las ganas de ir. Que el puro impulso alcance, que sigamos botando barcos imposibles al aire, una y otra vez, a sabiendas, me parece lo más cerca que llegamos a lo sagrado.


Cada barco es una pregunta disfrazada de afirmación. ¿Todavía? Todavía.