La Singularidad No. 13

La Singularidad No. 13

El Aplauso

de Patricio Ventosa

De vez en cuando pienso que debí haber sido teatrero.


No hay silencio que se le compare al que viene después de un aplauso. No hay ruido que se le compare a un aplauso tampoco. El aplauso, creo yo, puede ser el único recurso para saber que algo realmente existió. Si un árbol crece en el bosque y nadie le aplaude, ¿sí creció? El aplauso ocupa un nicho autoimpuesto; es una herramienta que solo usamos los humanos para medir lo que solo tiene significado para humanos.


También es, sospecho, una droga. El aplauso entra por los oídos y se queda en el pecho. Te calienta el cuerpo, te chivea, te acomoda la respiración, te altivece. Después se va. Una sola dosis puede levantarte por años, pero no dura para siempre. Cuando termina, queda un hueco muy específico. Muy reconocible. El aplauso hace evidente la pequeñez de otros sonidos, haciendo que se nos olvide que su ausencia no es silencio, sólo cotidianeidad.


Hay algo particularmente peligroso en el vacío donde debería haber aplauso. Ese espacio espeso después de hacer algo que creías digno de ruido y recibir nada. Ni un golpe de manos. Ni un comentario. Ni siquiera el aplauso de cortesía que se da por educación. Ese silencio no es neutro: pesa. Presiona. Hace que revises lo que hiciste como si hubieras olvidado una pieza esencial.


Cuando existe, comprime el tiempo. Lo valida. Lo cierra. Cuando no llega, el tiempo se queda abierto. Sin resolución. Como una función que nunca termina. Y lo que no termina tampoco puede calificarse. Se queda flotando en una especie de limbo sin veredicto.


Dicho esto, creo que el aplauso es particularmente peligroso para ludópatas como uno. Convirtiéndolo en juego, cada suceso es medible en aplausos y cada aplauso es medible en intensidad. Cualquier interacción, entonces, se deconstruye en un aplausómetro que sube y baja, sumando o restando puntos. Todo lo que suena se queda y lo que no suena, desaparece. El aplauso, entonces, ya no celebra: selecciona.


Y si selecciona, también jerarquiza.

Y si jerarquiza, también califica.


¿Cómo seleccionamos lo que debería ser aplaudido? A veces pienso que tal vez sí deberíamos aplaudirle al piloto cuando aterriza el avión. No por hazaña, sino por consistencia; logró que el sistema funcionara y que todos sigamos aquí. Luego recuerdo que eso es exactamente lo que se espera de él. A mí nadie me aplaude por cumplir con lo que se espera de mí. A casi nadie le aplauden por sostener la normalidad sin romper nada. Supongo que por eso el aplauso no se reparte de forma equitativa. No reconoce lo necesario. Reconoce lo extraordinario, o lo que al menos logra parecerlo.


El aplauso, cuando se democratiza demasiado, pierde su filo. Se vuelve ruido blanco. Como las risas grabadas de las sitcoms, que no están ahí para celebrar algo genuinamente gracioso sino para recordarte que deberías estar celebrando algo. El aplauso falso no sólo guía al espectador; lo entrena. Le enseña cuándo algo merece ruido. Le da permiso de reaccionar. Las sitcoms entendieron antes que nosotros que el aplauso es contagioso. Basta con que alguien empiece para que el resto siga. El aplauso se pega como bostezo o como tos. No necesita sinceridad: sólo masa crítica. Una vez que el ruido existe, lo difícil no es sumarse. Lo difícil es quedarse en silencio.


Y, sin embargo, el aplauso no siempre le pertenece al aplaudido. A veces es simplemente comunal. Un ruido que se genera entre todos y que nadie posee del todo. El problema es que uno siempre intenta retorcer ese aplauso colectivo para sentir que es propio. Apropiarse de cualquier celebración cercana como si fuera individual. Creer que una parte de ese volumen también es para uno. Aunque no lo sea. Aunque sea para todos.


Tal vez por eso pesa tanto.

Porque no sabemos cuándo es nuestro.

Ni cuánto vale cuando sí lo es.


De vez en cuando pienso que debí haber sido teatrero. No por el escenario ni por las luces, sino por ese momento exacto en que el aplauso empieza y todavía no sabes si es para ti. Ese segundo suspendido en el que el ruido es colectivo pero podría volverse personal. Ese instante en que todo suena y tú decides —o te permites creer— que algo de ese sonido te pertenece.


Tal vez todos vivimos un poco ahí. Esperando confirmar si el ruido que escuchamos es nuestro o sólo está pasando alrededor. Y como cualquier droga compartida, cualquier sistema de medición defectuoso y cualquier ruido que nos enseñaron a desear desde antes de saber hablar, el aplauso no es ni bueno ni malo.


Pero sí es peligrosamente efectivo y paga lo suficiente como para seguir jugando.