La Singularidad No. 15

La Singularidad No. 15

El Cielito lindo

de Patricio Ventosa

Se rumora que Quirino Mendoza, a quien se le atribuye Cielito lindo, murió de una embolia cerebral causada por un coraje. Resulta que la canción que él afirmó era de su autoría, no era más que un conjunto de versos prestados de coplas andaluzas. Se dice que  cuando uno de sus amigos le hizo un chiste cuestionando su autoría, Mendoza se convirtió en el mejor ejemplo de lo que sucede cuando uno no alcanza a cantar: murió llorando. A pesar de la contradicción del autor, basta con escuchar con intención para saber que, en sí, la canción se trata de superar las penas y ver hacia delante. 


Que alguien me explique, entonces, por qué es la primera canción que suena cuando México gana un partido. Ganaste el partido, canta si quieres, pero ¿por qué lloras? ¿Como mera excusa para luego cantar? Siendo completamente objetivo, entiendo que es probablemente la única canción que la mayoría de los mexicanos conoce y tiene todo el sentido celebrar con una canción (o un coro) que puede ser cantada por todos. En especial pensando que una cantidad considerable de los quienes pueden acudir a los partidos también cantaron el Cielito lindo en Santa Fe durante la pandemia. A este punto preferiría El mariachi loco


Y yo sé que es banal. Normalmente, cuando doy una calificación baja a una Singularidad, suele ser por banalidades. Pero sí me es imposible ignorar la ironía. Dice mi mamá que toda palabra enunciada es recibida por “el universo” y que este se acomoda de acuerdo a lo dicho. Una especie de manifestación, supongo. Si bien no creo en aquello, mi crianza pseudo-espiritual y el juego Everything de 2017 sí me llevan a creer que todo enunciado, de la misma forma que tú y yo, es algo. Algo que existe, pues. Yo soy una persona, eso es un enunciado. Eso ahora tiene peso en el mundo, como yo. Es una sentencia que firmamos sin darnos cuenta. Como cuando me tatué a Sísifo en el brazo. 


Rezar por fuerza para superar tiempos difíciles, para cantar en lugar de llorar, cuando estamos de festejo invoca la idea de la necesidad de una pena para que la celebración la valga. Es pedir paraguas con el cielo despejado. Porque no celebramos la alegría; celebramos el triunfo. Y el triunfo, a diferencia de la alegría, necesita de algo vencido. No hay ganador sin alguien perdiendo del otro lado de la mesa. 


Yo sé que no es adrede. Yo sé que esto no es lo primero que pasó por la cabeza de todos aquellos en la cantina donde compartí el final del partido, pero no para de darme vueltas. Cantamos “no llores” y, para que la frase tuviera donde caer, alguien tuvo que estar llorando.


“Mientras adentro celebran, afuera lloramos” se popularizó como acertadísimo reclamo al gobierno del país. Miles de millones de pesos invertidos en un evento que es más gringo que mexicano mientras que hay más de ciento treinta mil desaparecidos. En un inicio, pensé en que para cantar "no llores", alguien tuvo que estar llorando. Lo dije como quien acomoda una ficha en el tablero; una figura redonda, de esas que se sienten verdad nomás porque suenan bonito. No se me ocurrió que la ficha tuviera nombre. Mucho menos que tuviera número. El vencido que todo triunfo necesita no era una abstracción: está contado, registrado, archivado. Lo que escribí como figura literaria resultó ser, a fin de cuentas, un censo.


Dije al principio que no creo eso de que el universo se acomoda según lo que uno dice. Sigo sin creerlo. Pero algo no me suelta, y llevo rato atorado en una idea: si todo enunciado es algo, un estadio entero cantando "no llores" tiene que pesar. "Canta y no llores" no es una sugerencia, es un imperativo. Es una orden que nos damos a nosotros mismos, en coro, a todo pulmón. Y no sé qué le manifiesta a un país juntarse de a millones para ordenarse no llorar justo ignorando lo que más tendría que llorar. Mendoza firmó como suya una canción que era de todos y se murió defendiéndola. Nosotros cantamos "no llores" sin leer la letra chiquita. Lo dicho, dicho está.


Hace un par de entradas decía que uno nunca sabe si el ruido colectivo le pertenece. Esto es igual, pero de cabeza. Hay un canto que es de todos y hay un duelo que es de todos, y yo, en medio del coro, no atino a saber cuál me toca. No sé si me toca cantar "no llores" o si me toca, de una buena vez, llorar.


Seguro los dos.