Sobre el fútbol y los encargos por correo

de Baltazar Pérez

Hace un calor asqueroso, de esos que si tienes mochila te dejan la espalda empapada de sudor. Entonces piensas en sacártela, pero sabes que todos van a ver tu polera traslúcida y mojada. Es un sentimiento espeso, de ese que golpea tu cabeza como una gota gigante y escurre entre tus hombros, baja y moja la base de tu ropa interior. Bueno, no te la sacas, ahí sudas más y sabes que si luego lo haces se te va a helar la espalda con el viento. Calor. 

Nah, Manito, si la oficina está en la esquina. Mi amigo había dicho eso hace como 3 o 4 esquinas. Perdona, hermano, no cachaba que estaba tan lejos. Está bien, igual quería caminar. No era mentira, aunque también hacía mucho calor. 

¿Cuándo cambiamos de comuna? En avenida España, creo. No fue tan ahí, aunque definitivamente una o dos calles más allá algo sucedió. Otro diseño de vereda, tipo de concreto, casas distintas, gente. Más sucio. Mismo calor. 

¿Y qué vas a mandar? Una oficina de correos pequeña. Unos posters, se los vendí a un loquito del sur y bueno, tocó. Aquí era. Ah. No sé cuánto me demore, pero la fila es rápida, parece. Es una fila mediana que desembocaba en la calle, y desde que paramos no avanzaba. Mi amigo entra y saca uno de esos papelitos numerados. ¿Qué te tocó? Veintitrés ¿Y en qué número van? No sé. 

La vereda era como las que vimos caminando, las nuevas, eso sí. Había gente con cajas de cartón, paquetes, cartas, sobres, yeguas con pintura carcomida, etc. Gente de toda la vida. 

No se puede con este calor, ¿verdad? Mi amigo asiente. Ya, ¿sabes qué? Voy a entrar a ver la cosa, quizás apuro la causa. No protesté y seguí parado afuera. Noto el cemento, las yeguas, el niño que espera afuera conmigo. Debe tener unos ocho años, ¿seis? Es difícil de ver. El cemento refleja el calor y te hace sentir como en un horno. Tiene pinta de descendiente haitiano, con ese pelo cortito y ruliento y sus dientes blancos y su piel morena brillante y sus ojos también blancos. 

Sus ojos blancos me miran y yo miro de vuelta. 

¿Quieres jugar? Bueno. Supongo que es mejor que esperar al sol. ¿A qué? Así. El niño apunta al suelo y noto un encendedor, de esos plásticos color rojo traslúcido, botado en el suelo. Está lleno de polvo y un poco oxidado. El niño lo toma y me lo muestra con orgullo: Fútbol. 

Adelante de la oficina hay un árbol, está un poco debajo del nivel de la calle. Al poner el concreto, hicieron un cuadrado de un metro y medio por un metro y medio, llenaron el fondo de tierra y lo plantaron delante de la oficina. El niño se mete al cuadrado y encaja el encendedor en tierra. Sigo su instrucción y también bajo. 

Así. Patea el encendedor con todas sus fuerzas, pasa entre mis piernas y choca contra el pequeño muro de concreto. ¡Gol! Grita con emoción.

Arrastro el encendedor y lo posiciono frente a mí, trato de dominarlo un poco con mis pies, pero se nota que él tiene mejor práctica detrás de los suyos. Pateo con suavidad avergonzante, él lo intercepta con su pie izquierdo y lo para antes de que llegue al arco de cemento. Digo un tímido: Gol. 

¡No! Así. Nuevamente patea con fuerza. Es ágil, pero alcanzo a cerrar mis piernas y pararlo antes del impacto. ¡¡Gol!! Grita sin la vergüenza de un adulto. Esto no es lo mío, parece. Sí, fútbol. Mira, así. Gira el encendedor en su eje, lo pasa al lado izquierdo del árbol y de ahí patea, de ese lado hay una pequeña mata de pasto, así que no suena como antes. ¡Gol! ¡Gol! Elijo celebrar con él, quizás si logro que sea un juego en equipo podría llegar a no perder. ¡Así! ¡Gol! ¿Me estás enseñando a patear o a gritar? Pregunta válida. Sí, fútbol. 

Empiezo a tratar de mirar por sobre mi hombro dentro de la oficina, mi amigo se ha tardado un rato ya. No sé qué tanto más podré entretener al niño. Es un juego bien raro, hay goles aun cuando no hay goles. No está por ningún lado y me resigno. 

Fútbol, juguemos. Ya. Lo miro y me decido. Me concentro en mis pies, el calor abrasante y el encendedor traslúcido. 

Paso el encendedor a mi otro pie, lo recibo y lo giro. Estiro mi pierna y rápidamente hace contacto con el balón. Apunto a su diagonal, cierra las piernas y el encendedor pasa rozando su pie derecho. Del choque sale volando la carcasa y rueda dentada que prende la llama. 

¡Goool! 

¡Gooool! 

Grita a todo pulmón. Se tira al suelo haciendo la pantomima de un arquero real, gira y se revuelca en el concreto distinto y más sucio que el otro mientras sigue gritando. De adentro de la oficina de correos se escucha una voz de mujer que le grita algo de vuelta. ¡Ya te he dicho que no te refriegues en el piso! Levántate ahora mismo. El niño le hace caso. Asumo que era su madre. Perdón. No sé si se lo digo a su madre o a él. 

Ya, hagamos algo: gol de oro. ¿Sabes lo que es gol de oro? Me mira con sus rulitos y dientes blancos. No. Significa que el próximo que haga gol gana. Sí, así. Se posiciona en su arco y yo en el mío. El encendedor está de mi lado. Pateo mitad la tierra, mitad la pelota. Sale lento pero seguro a su pie izquierdo, cierra su derecha para ese lado y bloquea mi ataque. 

Ahora tú. Me pongo en personaje, flecto las piernas, subo las manos abiertas cerca de mi pecho, con las piernas bien abiertas. Toma vuelo y engancha pie con objetivo. Casi ni veo el encendedor yendo entre mis piernas mientras me tiraba a la derecha. 

Casi al instante de golpear el cemento.

¡¡¡Goool!!! 

¡¡¡Gooool!!! 

Gritamos como locos y nos abrazamos. Lo veo tratar de tirarse al suelo pero lo agarro y lo subo. Saltamos fuera del cuadrado de tierra y seguimos gritando. 

Durante la celebración llega mi amigo. Ya manito, estoy listo, vamos de vuelta. Dale, dame un segundo. Lo miro. Me tengo que ir. Se escucha el mismo grito maternal dentro de la oficina, lo miro triste. Chao. Chao. 

Mientras camino y me alejo, hago la pantomima de bloquear en el arco. Sacude su mano despidiéndose, lo veo sonreír con sus ojos blancos y pelo ruliento.