Made in China
De Sofía Zavala
Todos los caminos llegan a Roma, pero en el caso del lujo moderno, llegaron a China. Posterior a la imposición de aranceles por parte de Estados Unidos, algo a lo que se le ha estado nombrando como trade war, nos hemos visto envueltos en el de- bate económico más pop y caótico que ha visto la historia.
Usando como campo de guerra la plataforma Tik Tok y como armas la edición y los guiones, miles de videos de empresarios chinos muestran al público como elaboran bienes de lujo. Desde conjuntos Lululemon hasta bolsos Birkin, estos individuos muestran el proceso de fabricación e incitan al usuario a comprar de forma directa en sus almacenes.
Todo esto ha decantado en una serie de reacciones diversas en redes sociales, desde burlas hacia influencers que dedican su contenido al sector del lujo como Priscila Escoto, quien tiene múltiples videos mostrando sus compras, las cuales equivalen a millones de pesos, hasta posts de odio hacia quienes creen que las bolsas Chanel provienen de China, como Brenda Hashtag, quien salió a defender el sector del lujo al comparar a los usuarios que creen los videos de las manufacture- ras chinas con los baby boomers que caen en las estafas de internet donde supuestamente te ganas un viaje a Hawaii o un iPhone.
Y es que el lujo es un caos, y en realidad siempre lo ha sido, solo que no existían teléfonos para grabar todo lo que sucedía y el usuario promedio en realidad no podía participar en las conversaciones en torno al lujo. Mediante la globalización del internet, todo es demasiado público. El nicho solo es lo que existe fuera de este.
Esta guerra arancelaria nos hizo cuestionarnos el valor de lo que el lujo implica.
En realidad los bienes que compras están si y no hechos en China, porque es una explicación más compleja de lo que pensamos. La ver- dad histórica de esta cuestión va más o menos así: No es que las marcas de lujo manufacturen por completo sus productos en China, si no que lo hacen de una manera parcial. Adquieren de múltiples proveedores chinos piezas como botones, cierres, herrajes, hilo y telas para después armar en sus fábricas ubicadas en Europa la pieza en su totalidad. Sin embargo, las manufactureras al ser el inicio de la cadena de producción lograron descifrar elementos como siluetas, costuras y códigos específicos de las marcas para así poder producir un resultado final sino es que similar, idéntico.
Entonces si las materias primas son similares y lo único que cambia es el lugar de ensamble y la impresión final con la leyenda Made in France, ¿qué es lo que amamos del lujo exactamente?
El mito.
De hecho, hay un capitulo de Sex and the City que más o menos lo explica. Las 4 se emergen en un viaje a Los Angeles y Samantha durante el desayuno les presenta una Fendi Baguette color oro con el secreto de que es un clon, posteriormente ella y Carrie manejan 45 minutos a The Valley para encontrarse con el vendedor, un hombre calvo y en bermudas que tiene múltiples clones apilados en la cajuela de su carro. Carrie termina no adquiriendo ninguna y Samantha es sorprendida con su faux Prada en una fiesta en la mansión Playboy, básicamente el episodio es una fábula posmoderna de porque nos engañamos comprando imitaciones.
Sin embargo, es verdad que también nos engañamos comprando the real ones. La tienda con aroma a menta, los vendedores amables y la copa de Champagne que te ofrecen te terminan embriagando, seduciendo y convenciendo de que 56,789 mxn es un precio justo para un bolso y sobretodo, te convencen de que lo necesitas.
Nos encanta la aspiración y la sensación de poder, el gastar el equivalente de 40 salarios mínimos en una prenda brinda un rush de poder como pocas cosas. Desde el siglo XIX convertimos el objeto en una extensión de nosotros mismos, nos vemos reflejados en ellos y producen una guía de hacia donde nos queremos dirigir.
El coleccionismo y la idea del buen gusto siempre ha fungido como un diferenciador de la clase alta sobre la clase obrera. Y este se esconde en los detalles y en los códigos, en los secretos mejor guardados de las élites. Buscamos sentirnos únicos gracias a los objetos que nos rodean e inicialmente esta unicidad no venia necesariamente del costo, este claro que era un factor determinante, pero principalmente era producto de la exoticidad.
Biombos japoneses, esculturas de marfil y pantuflas turcas eran los lujos de las primeras clases altas del Virreinato. Esta idea se fue conservando hasta nuestros días pero ha modificado su naturaleza debido a la globalización.
La calidad del lujo ha decaído, solo se quedó el nombre y el precio.
Compramos Versace por el mito de la Italia barroca y el asesinato de Gianni y Dior por nuestro amor al new look, pero no me pueden decir que el genio shakespereano de Alexander McQueen se encuentra en los tennis de plataformas o que el misterio de Chanel esta en unas san- dalias con el logo. El mercado del lujo se encuentra en el mayor caos de su historia.
No nos gusta la moda, nos gusta tener el dinero para poder comprar logos y nombres. No nos interesa la construcción de las prendas, nos gusta ver el ticket de compra, no creemos en los procesos artesanales nos agrada que nos alaguen al comprar en la tienda.
No solamente el lujo es participante de la aspiración, también lo son el pádel, pilates, el matcha o todo el capital cultural e intelectual, nos alejan de una supuesta mayoría banal para acercarnos a un selecto grupo de iluminados por el buen gusto, la vanguardia y la sofisticación.
Y somos víctimas de esto por una identidad líquida, por buscar reflejarnos en todos los espejos y las pantallas y un obtener una sensación vacía de que pertenecemos. Compra ese Jean Paul Gaultier archive si te apasiona el sincretismo francés náutico y no lo vas a pagar a 36 meses, pero no busques elevación espiritual en una Kelly de Hermes, sea de China o de Francia.