Identidad Decaf
de Sofía Zavala
En años recientes ha resonado el eco de una afirmación que pareciera acaparar la misión y valores de marcas y diseñadores: La moda es política.
Y, aunque inherentemente lo es y mucho más ahora, en la época del depende y del es complejo y va más allá, dicha declaración ha sido diluida hasta llegar a un estado meramente estético que satura el feed de Instagram a diario y se encuentra en la misión, visión y valores de todas las marcas made in mexico.
Quiero comunicarle al lector que, por supuesto, considero que la moda se trata de un artefacto político. Desde los grandes vestidos a la francesa de Versalles usados como display de poder, el arrebato y robo identitario a pueblos indígenas mediante la homogeneización de la apariencia o el cambio de la vestimenta de la India en consecuencia a la colonización británica y la llegada de los supuestos valores europeos, la moda siempre ha sido vehículo de implicaciones políticas y la ruptura de la misma simboliza una revolución.
Sin embargo, la naturaleza política de la moda ha sido tomada y moldeada hasta crear un discurso generalizado que busca plantear cuestiones ideológicas homogéneas. Estas son colocadas en diversos contextos sociales así como el uso de la estética para sustituir acciones sociales.
Zygmunt Bauman, en Modernidad líquida, atribuye este cambio de materia en el desarrollo de las sociedades a la individualidad y la búsqueda del ser humano por la emancipación. Para Bauman, nos encontramos ante la disolución del sentido de pertenencia social del ser humano para dar paso a una marcada individualidad. Cuando el ser humano tiene posibilidades reales de ser independiente, la sociedad ya no es esa suma de individualidades sino el conjunto de las mismas. El nombramiento y alegoría en torno a la liquidez es elaborada gracias a la idea de que la posibilidad de ser una sociedad fructífera se nos escapa como agua entre las manos. Bauman falleció en el 2017. Le hubiera encantado hablar de la clean girl.
La constante búsqueda individual de la identidad y la falsa esperanza de encontrarla en objetos es un síntoma de la modernidad. Dicha búsqueda ha convertido aspectos esenciales para el desarrollo del ser en productos que pueden ser comprados y desechados conforme la identidad vaya transformándose, por lo menos de una manera aparente. Es decir, para alcanzar la versión ideal de nosotros mismos necesitamos una serie de prendas, objetos y accesorios que estéticamente construyen un personaje.
Hace no mucho vi un tuit, simple, pero que logró resonar en mi cabeza porque he sido culpable de ello. Me permito parafrasearlo:
Básicamente establecía como, en años anteriores, mencionemos los setentas o noventas, la gran mayoría de la población asistía a gimnasios en shorts o playeras usadas, excluyendo claro a Madonna en Hung Up o a Jamie Lee Curtis en Perfect. Al principio me pareció una hipérbole crónica y quise comenzar a enumerar en mi mente prendas clave en la historia del fitness: licras neón, calentadores, tenis New Balance y headbands. Sin embargo, decidí dejar atrás mi ego de historiadora y preguntarle a mis papás. Personas nacidas en los sesentas que sí pisaron gimnasios, pistas de atletismo o canchas y que tienen mas credibilidad que yo, por lo menos en ese tema. Fue así que confirmaron el contenido del tuit. El negocio del fitness no era remotamente lo que es ahora, las personas en realidad contaban con dos o tres atuendos para hacer ejercicio, tan vez dos pares de zapatillas y ya el contar con una botella de agua exclusiva para el gimnasio era una exageración tachada de pomposidad. Entonces, ¿por qué yo la semana pasada estaba contemplando la compra de zapatos especiales para asistir a la clase de pilates que tomo únicamente una vez por semana?
Los objetos y el culto que les tenemos nos brindan una sensación de seguridad y certeza sobre nuestros deseos, pensamientos e ideologías. Es casi como ser una Barbie y cambiarte de caja. Lo que te hace sentirte Barbie doctora es el estetoscopio de plástico rosado así como sentir que la habilidad de patinar es brindada mediante dos cuartetos de ruedas debajo de cada pie.
Colocándolo en pasatiempos o identidades nimias puede que no suene peligroso, pero, ¿qué pasa cuando alguien prefiere usar un kaffiyeh antes que revisar por quién vota?
Parte de la disolución de la sociedad se ha visto reflejada en las constantes visitas visuales a identidades llamadas disruptivas pero que son utilizadas únicamente por su valor estético. ¿De qué nos sirve que Dior haya colocado el lema we all should be feminists si sigue explotando el trabajo de mujeres?
Los ejemplos de celebridades y casas de moda usando ideológicas o culturas de una forma únicamente estética son interminables: Selena Gómez usando el imaginario la mexicanidad para vender productos de maquillaje y llorando en redes sociales por las deportaciones masivas sin realmente tomar acciones, famosas usando negro en los Golden Globes en 2017 como gesto solidario hacia el #metoo sin hacer una sola declaración o la gran lista de famosos con pines contra ICE en los Grammys sin estar involucrados en alguna movilización real.
Es así que pareciera que el uso de una prenda o una insignia nos exime de tomar acciones reales y sostener una crítica de nuestras convicciones. Creo fielmente que la indumentaria que colocamos en nuestros cuerpos tienen la capacidad de hablar sobre quienes somos, de donde venimos y hacia donde vamos. Pero, eso es únicamente posible si la hebra de la tela conecta con nuestra cabeza y corazón.
La moda por naturaleza es política, pero ahora mismo, es importante que sea crítica.