Cómo sales en Instagram

De Carlos Guineo

Mando cáscara. Esa no solo es una verdad irrefutable; es también mi mantra. Guineo,  mandas cáscara. Me lo digo siempre que me pasan cosas como las cosas que vas a  estar leyendo por acá, en esta columna: «La cáscara del Guineo». 

Hace poco viví una experiencia bien rara que me hizo pensar algunos pensamientos. La otra noche estaba yo sintiendo esa nostalgia melcochuda de domingo. Imagino  que sabes a lo que me refiero: esa sensación de vacío que se hace más grande  cuando llega la tarde. Bueno, estaba en esas cuando me van llegando unas notificaciones de Grindr. Sí, uso Grindr a veces y podríamos hablar de Grindr, pero  como por ahora no quiero hablar de Grindr, seguiremos con la historia. Además, ya  tendremos tiempo tú y yo para hablar de esas cosas. 

Imagínate esto: un perfil sin foto con el nombre de con_sitio me escribe y me dice:


con_sitio: qué haces? 
guineo: nada en la casa y tú?  
con_sitio: en qué plan andas??  
guineo: parchar. tú? 
con_sitio: arrunche 


¡¿ARRUNCHE?! ¿Arrunche? ¿Un domingo porla noche? ¿Sin tener que pasar por el  momento de la primera vez que se tiene sexo con un desconocido? ¿Justo en el punto  en el que la luna se eleva lo suficiente para estimular a su máxima potencia la glándula de la melancolía? ¿En ese momento en que más triste y miserable puede  sentirse un ser humano? ¡Voy pa esa, carajo! 

Y ahí que voy poniéndome los zapatos, metiendo unos condones en el bolsillo de mi  chaqueta. Yo sé que ya dije que no quería sexo. La verdad solo quería estar en los  brazos de un hombre. Cualquier hombre. Pero entre roce y roce nunca se sabe. Eran  pocas cuadras; me eché cinco o siete minutos llegando y resulta que el man vivía en  el mismo edificio donde una amiga vivía hace tiempo. Eso me hizo pensar en la amistad. También me hizo pensar en el pasado. A eso me refiero con la nostalgia  dominguera: cualquier estímulo es una puerta al ayer. 

Me anuncio en portería y no me sé el nombre del man. Qué vergüenza me da cuando  esto pasa. Me siento como una perra irresponsable y yo quiero ser una perra  responsable y amorosa. Lo peor del cuento es que, mientras escribo esto, no logro  recordar el nombre. Digamos que se llama como su perfil de Grindr: con_ sitio.

Me dejan pasar. Subo las escaleras. Pienso en mi amiga que vivía en este edificio y  pienso en lo mucho que nos gustaba bailar y cantar las canciones viejas de Shakira.  Llego al apartamento y con_sitio me espera con la puerta abierta. 

Con_sitio era un muchacho grande. Más alto que yo, que soy una persona bien alta.  Tenía esa tonalidad pálida de las personas que se queman siempre que van a la  playa. El pelo corto. El pelo cortísimo. Un pelo que solo se puede acariciar y no  agarrar. Tenía el mismo aroma que una persona que acaba de hacer su skincare

No te quiero hacer este cuento tan largo. Yo fui por arrunche y me dieron arrunche y otras cosas que no sé si puedo escribir en esta columna. A lo mejor debería  preguntarle a mi editora qué tanto puedo hablar de sexo y qué tan sucias pueden ser  las descripciones. Lo raro es que todo lo hicimos mientras veíamos Master Chef Celebrity. A mí me cuesta concentrarme a veces. Mientras estábamos en esas yo  evaluaba las empanadas que las celebridades colombianas intentaron preparar. 

Jueputa, qué rico. Esa se ve seca. Uy, marica, qué delicia. Los actores de novela nunca han puesto a hervir un aceite. Dale, papi, así me encanta. No, mija, váyase pa  su casa si va a estar llorando por un ají mal preparado. ¿Te gusta así, bebé? ¿Por qué  ganó ese? La otra se veía más rica. 

Sexo, arrunche y Master Chef Celebrity. Así pude llamar esta primera entrada de la  columna. Pero las cosas se dieron y volvimos a vernos un par de veces. No solo los  domingos. 

Entonces me hizo la pregunta que yo más temo. No se trata de: «¿tú y yo qué somos?»  Para esa ya tengo un monólogo aprendido al derecho y al revés. Sino: «¿cómo sales en  Instagram?» 

Esto no a todo el mundo le parece un problema. A mí sí. Y no es porque me dé pena.  Lo que pasa es que al ver mi cuenta de Instagram se revela más de mí y de mi mundo  interno que parchando, viendo Master Chef en un apartaestudio de Chapinero. Dirás  que soy superficial o que comparto demasiado en mis redes sociales. Eso es problema mío. Lo que sí es un hecho es que comparto menos de mí cuando apenas  cruzamos palabras y nos dedicamos a ver un reality de mierda y a tener conversaciones sobre nada entre polvo y polvo. Ahí qué culpa tengo yo. 

La gente en el mundo real se aburre cuando les hablo de los poemas que me gustan,  del libro que estoy leyendo, de la belleza de los números pares o del rayo de luz que  recibí por la tarde y me hizo acordarme de la casa de mi abuela. En Instagram no es  así. Por lo menos no conmigo. A la gente le gusta cuando comparto esas cosas.

Nunca tuve voz. Ahora sí tengo voz. La gente me escucha. Eso no me pasaba en la  infancia y mucho menos en la adolescencia. Puedo decir cosas ahí. 

Siento que en Instagram soy más yo que en el sexo. Bueno, no sé. Es que a veces me  cuesta sentirme yo en la desnudez. Es raro eso. Sentir que con mi maquillaje y looks  icónicos soy más yo que cuando tengo sexo. No es tan así. Solo cuando tengo sexo  con un man de Grindr que no parece interesarse por la cumbia ni por la poesía. Yo le  pregunté y me dijo que no. Lo comprobé. Para que no digas que tengo la cabeza llena  de prejuicios. Le pregunté. La cumbia y la poesía le parecían aburridas. 

¿Qué quedaba para mí entonces? Yo que me mantengo de micrófono abierto en  micrófono abierto, de recital en recital. Yo que bailo cumbia de jueves a domingo. Todas las cumbias. Yo que le escribí un poema a una cicatriz que tenía en la rodilla y  le estoy escribiendo otro a Ben 10. ¿Qué hay ahí para mí? No había nada. Por eso me  daba miedo. Me aterraba que se me cayera la máscara de varoncito alterno caribeño  que me pongo en Grindr. 

Debe ser por eso. Yo no quería hablar de esa aplicación. Pero siempre que nombro la  máscara termino nombrando a Grindr. Curioso que el logo sea una máscara. El otro día vi a un youtuber decir que Grindr era la aplicación del diablo. Yo creo que el diablo  habría inventado una aplicación con menos máscaras. Igual me la pongo. La máscara  de grindero. La máscara de alternito grindero que no habla de nada ni hace preguntas. Tú seguro también lo habrás hecho. No es tan importante esto. Para mí, no. Mi mundo es más grande y tengo una cuenta de Instagram donde me puedo quitar  las máscaras. A lo mejor me pongo otras. Estas son más sinceras. O bueno, no sé. 

Me pregunto por estas cosas a veces. No entiendo cómo puede ser más fácil para mí  desnudarme en Instagram. De las dos formas. De todas las formas. Bueno, de todas  las formas no. 

Hablar de mis pasiones ahí. Es lindo crear comunidad. Tengo pocos seguidores, pero lestengo mucho cariño. Me han escuchado más que mucha gente en la vida real. El  plano material, yo qué sé. Me cuesta decirle al mundo real «mundo real». Como si la vida no se construyera desde la digitalidad también. Las conversaciones que he tenido en ese mundo, las personas que he conocido, las lecturas que he descubierto y todo lo que ahí consumo me moldea también. Ese mundo también me ha construido. Estas dos dimensiones están conectadas. El internet también es el mundo real. 

Te dije que no quería hacerte el cuento tan largo y aquí estoy pensando qué tan real es  el internet y qué tan digital es estar en la cama con un tipo de Grindr, teniendo sexo y  viendo Master Chef Celebrity. Tal vez la compatibilidad se puede medir por la distancia entre las máscaras que nos ponemos en redessociales. Tal vez yo debería  dejar de usar Grindr si me genera tanto conflicto y me pone a trabajar la pensadera. O  tal vez no. La cantidad de historias que tengo para echarte. Y eso que todavía no te he  contado lo que pasó después de que le di mi cuenta de Instagram y yo vi la de él. Pero  eso lo lees en un mes. O yo qué sé. Mando cáscara. Esa esla vaina con Guineo. 

Manda cáscara.