ARTE Y DEPORTES

ARTE Y DEPORTES

¿Y si sí?

¿Y si sí?

de Roberto Osornio

Yo sabía de alegrías/
La belleza de la vida /
Pero no de soledad

Hasta que te conocí
Juan Gabriel


 Al día que escribo esto se ha erradicado por completo el malinchismo, todos queremos ser mexicanos. Logramos pasar invictos en la fase de grupos —sin haber recibido un gol— en un mítico juego ante República de Chequia, y la pregunta resuena con más fuerza, ¿y si si? Ya no somos más un país de gentes tristes, Don Octavio se ha de estar retorciendo en su tumba, pues cuál máscaras mexicanas ni que nada, somos un desfile de euforia interminable; la soledad jamás se había sentido tan de visitante, pues, a diferencia de lo que ese priísta pensaba, no somos un pueblo enajenado, hemos estado unidos en las buenas y en las malas, y hoy nos hemos levantado.

El Ángel de la Independencia es testigo del carnaval de felicidad de todo un país al que constantemente lo ha visto vivir derrotas y decepciones —no por nada tanta manifestación—. Este guardián dorado es el sereno de los dolores de un país, de procesiones por injusticias, de voces que se alzan ante la represión y de luchas por las atrocidades del Estado. Las subalternidades demuestran que también en el dolor se hace comunidad, que no nos recluimos a llorar solos, nos abrimos ante nuestros dolores para compartirlos con otros pues en ese compartir el dolor está la lucha de poder hacerle justicia entre todos, de que nos escuchen, pues el dolor, insisto, no lo escondemos más. 

De la misma manera que festejamos nos dolemos. De la misma manera que hoy festejamos la victoria de la selección hace doce años también protestamos y lloramos juntos el “no era penal”, pues dolió tanto haber estado tan cerca, ni siquiera de ser campeones, sino simplemente de terminar con la maldición del quinto partido. Digo esto a sabiendas de lo insensible que puede sonar enunciar en un mismo texto los feminicidios y los desaparecidos en conjunto con otro dolor colectivo que es banal en comparación con los verdaderos problemas que sufre mi país, pero si algo es el juego es la metáfora que tenemos para que todos escuchen, de hecho, si algo hace este Mundial —más que inventarse premios de la paz de a gratis— es hacer quedar en evidencia aquello que tanto se empeñan en esconder las naciones sede. Ojalá el país entero se uniera en la protesta colectiva por los desaparecidos como por el “no era penal”. ¿Por qué tenemos que recurrir al juego para llamar a la unidad nacional?, en esta interrogante, si bien no vengo a develar la identidad mexicana —soy un niño apenas, que le voy a andar mentado la madre a Don Octavio, ni que fuera infrarrealista— propongo entender al juego como un fenómeno cultural donde se puede a bien experimentar la identidad de los individuos y de toda la comunidad a la que pertenecen estos individuos, pues el juego lo inventamos para jugar a ser nosotros y ahí en el Ángel todos jugábamos a ser mexicanos.

En aquel desmadre, que sucede tal como Monsiváis lo apunta, se presencia un momento donde el nacionalismo se desborda y nos podemos sentir orgullosos sin culpa cívica — más no agregó que se olvidan las clases sociales porque con los precios para ver un partido en el Azteca claro que no se olvidan —, nuestra identidad nacional envuelve a las diversas culturas a quienes damos la bienvenida aunque sus selecciones jueguen contra nosotros y nos mostramos ante ellos en nuestro estado más salvaje y libertino, nos mostramos como somos. A estas sociedades ordenadas del norte global les hacemos ver que el mito de civilización vs barbarie es sólo eso, un mito, que ellos vienen aquí y también se deschavetan no porque estén en un país extrangero fuera de los constructos sociales que su comunidad les demanda, sino porque nosotros sabemos sentir y les compartimos nuestro estado de libertad. Es el festejo incluso un acto político de reclamarnos libres, pues nos apropiamos de lo que a diario el Estado rige y nos niega: las calles, la vía pública para ser transitada como nosotros queramos y hacer de este una fiesta donde cabemos todos, porque el partido pudo ser en el Azteca; en sus asientos de 30 mil pesos; pero el verdadero evento solo cuesta lo que te cuesta una chela, y eso, hasta puede que por ahí te la inviten. 

El mexicano festeja, no por hacer desmadre, sino por descargar la felicidad que trae consigo, ya que así somos, seres llenos. La emoción en nosotros es desbordante, la derrota y las penas también lo son, el inconformismo con nuestro gobierno (cualquier gobierno pues las protestas en el zócalo no son un invento de hoy, nada más que las del pri no las televisaban) se expresa de manera contundente e iracunda. Nuestra capacidad para juntar a un grupo de gente y hacer relajo por un motivo — a veces claro, a veces no — demuestra que nos vemos, que nos identificamos entre nosotros y reconocemos una identidad en común, no por nacionalismo, sino por el espíritu de ser con el otro. El mexicano es aquel al que se le da la chingada gana serlo; los naturalizados en nuestra selección son un ejemplo, los extranjeros que por un rato se olvidan que son güeros de paladar sensible, también lo son; y por eso es tan difícil hacer un descripción puntual de nuestra identidad, porque esta es maleable y se desborda ajustándose al más puro sentimiento de saberse acogido en esta tierra. 

Del mismo modo que termina el debate del 32’ de formular una literatura Nacional, en lo que a este aspecto respecta, sólo queda decir lo que Reyes, que “seamos mexicanos por añadidura, es decir, por consecuencia natural de ser hombres de nuestra tiempo”. 

Igual que Monsiváis, el fútbol a mi nisiquiera me gusta, como tal vez tampoco a muchos de los que andaban por ahí en el Ángel, pero el motivo es ese, sentirnos mexicanos. Y el mexicano ¿qué deja ver en estas noches de fútbol?, deja ver, creo yo, sus vicisitudes, sus miedos y sus alegrías. Vemos cómo se conmueve con sólo oír esas hermosas trompetas de la versión de bellas artes de “Hasta que te conocí” — quién más para moverle las entrañas a un país entero y hacernos creer que el mismísimo Divo de Juárez —, con ello llegamos a esta gallardía e ímpetu de la que nos armamos para transgredir la maldición del quinto partido. Aquellos fantasmas del pasado se nos aparecen. La derrota colectiva en una competencia de naciones como lo es un Mundial representa las esperanzas perdidas de un pueblo que ha depositado su fe en once cabrones que encima van a jugar crudos — rescatando las tradiciones de los poetas malditos por supuesto —, más esta fe nunca se pierde, pues siempre habrá otro día para jugar. Vivimos en espera de que llegue el día, nosotros no haremos negocio con el Mundial, no venderemos Coca-Cola en comerciales o recibiremos bonos de los dueños de las televisoras, no andaremos haciendo negocios corruptos tras bambalinas y viajando en avión privado por todo Norteamérica para ver cada partido, nosotros los veremos desde nuestra sala, con la familia, con compañía. No echo la sal, pero si perdemos, ahí estaremos abrazándonos — y mentando madres y echando culpas —, y, si, por fin llega el día, aquél que eran ateo se convertirá, no por pasión a una camiseta ni a una bandera, sino por comulgar con sus semejantes, con aquellos que son una fiesta, en la que, ya envuelto por ella, existe y se da cuenta, que en esta tierra, nunca estamos solos.

Algún día la derrota la lloramos juntos y pregonamos el “no era penal” en las demás naciones, por lo menos para consuelo, pero el sentimiento no se esconde y hoy, que la esperanza vuelve de nuevo a nuestras manos, no nos achicamos. No hay quien nos ningunee, ingleses, franceses o españoles, el mexicano vuelve a creer.