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Elena Muro

Déjenlo todo, nuevamente. Láncense a los caminos.
—Roberto Bolaño
Este 2026 ha sido testigo de los comicios presidenciales de tres países (Costa Rica, Perú, Colombia) y lo será de otros dos en lo que resta del año (Brasil y Haití). Los resultados de los primeros tres han virado de la tendencia de izquierdas en América Latina a la ultraderecha. La mano dura contra el crimen y las promesas de crecimiento económico son los compromisos más resonantes de los candidatos ganadores, quienes se alinean con el régimen neofascista de Donald Trump y secundan las políticas en materia de seguridad de Nayib Bukele.
Una particularidad de estos gobiernos radica en el uso de redes sociales para difundir narrativas que movilizan sentimientos de odio y resentimiento que terminan en la polarización política y social. La ausencia de comunidad es uno de los efectos del neoliberalismo que los neofascismos y las derechas han explotado para fomentar la desconexión y la fragmentación, remitiendo a discursos de supremacía racial, estigmatización de sectores vulnerables, regresión en materia de derechos de las mujeres y diversidades sexogenéricas, oposición a la protección medioambiental y antiinmigración, por mencionar algunos.
La circulación de estos mensajes en los algoritmos de los usuarios terminan por configurar burbujas significativas de la realidad, cuando tan solo son meras ficciones en busca de perpetuar intereses económicos. Esto deviene una estratificación simbólica de la vida, es decir, que nuestra mirada y la comprensión del mundo se nos provee mediante una óptica ajena y al servicio de unos cuantos. El sistema económico, el capitalismo —en su fase neoliberal—:
[...] produce los modos en los cuales las personas trabajan, son educadas, aman, fornican, hablan… y eso no es todo. Fabrica la relación con la producción, con la naturaleza, con los hechos, con el movimiento, con el cuerpo, con la alimentación, con el presente, con el pasado y con el futuro —en definitiva, fabrica la relación del hombre con el mundo y consigo mismo. Aceptamos todo eso porque partimos del presupuesto de que éste es «el» orden del mundo, orden que no puede ser tocado sin que se comprometa la propia idea de vida social organizada.¹
Esta vida común puede entenderse desde el planteamiento de otra autora, Hannah Arendt, quien en La condición humana explica que vivir juntos en el mundo significa que hay un mundo de cosas entre quienes lo tienen en común; el mundo es como una mesa alrededor de la cual nos sentamos, esa es la esfera pública, y por medio de relaciones, la interacción y la comunidad, damos sentido al caos en el que habitamos.
Esta vida común se pone en duda cuando ocupamos cada vez menos espacio entre las personas; cuando el espacio digital toma el lugar de la mesa y hace de realidad: este es el platillo principal, esto es un salero, este platillo es dulce, este malo, el de allá poco recomendable y el comensal frente a ti, ignóralo, no sabe ni entiende lo que pidió. ¿No sería más fácil preguntar? Sí, pero no es conveniente el cuestionamiento, pues romperías el libreto.
Existencias esquemáticas o, nuevamente, estratificadas que podríamos llamar de mil formas, pero que convergen en la misma función, la supervivencia del modelo económico. ¿Cómo desestratificar la existencia? ¿Cómo empezar a sentarse en una mesa de verdad, con personas de verdad, en la vida real y común que compartimos?
Propongo lo que Deleuze y Guattari denominarían devenir minoritario, lo que Rebecca Solnit defiende como una acción política en sí misma o, por lo que apuesta Sayak Valencia, una insurgencia cotidiana: caminar. Caminar como un acto subversivo, un acto primigenio de lo político, pues es el cuerpo y la mente en movimiento y, sobre todo, una posibilidad de encuentro. Una inclinación afectiva al entorno y a todos aquellos que están en él. Una incitación al deseo, pues cuando el cuerpo deviene existencia física en movimiento, siempre es posible empezar a desear cosas, cambios, otros encuentros, más tiempo, más comunidad, más encuentros, más libertad, otras formas de amar. Desear una revolución. Desear una revolución del amor. Desear una revolución del campo y de las ciudades. Desear al cuerpo y al Otro. ¿Por qué no?
Y sí. Caminar es ya la condición de muchos, como bien indica Juan Villoro: "La idea benjaminiana de conocer las calles a través de un recorrido sin destino preciso no puede ser para nosotros una meta original porque es la condición común del transeúnte"², y si no podemos hacer algo en contra de eso, si no tenemos otras opciones, "que esta no nos mate, sino que mediante nuestra insurrección cotidiana nos resignifique"³: caminar como una posibilidad de encuentro y salidas de fuga a las lógicas de ultraderecha y neofascistas.

