Sobre el mareo y el jengibre

de Baltazar Pérez

La verdad es que no, no sé cómo esa vez logré no vomitar. Dijo mi amigo, mientras yo veía la palta verde del Completo que recién había llegado a la mesa; francamente, cuando lo había invitado a un almuerzo no pensé que íbamos a hablar de esto.

Probablemente fue mi culpa, yo había preguntado qué había hecho la semana pasada.

Sí, todo empezó desde chico; de siempre que me mareo en cualquier parte: autos, juegos de niños, barcos, en general cosas que giren o vayan muy rápido. Aprovecho mientras habla de pegarle el primer mordisco a mi comida.

Hubiera vivido perfecto en la edad media, sin autos ni cosas. ¿Y los caballos? Alcanzo a responder con la boca llena. Bueno, quizás no tan bien. Me mira con esa cara de ironía que hace. Nunca pude leer o hacer algo en los viajes. ¿Terrible no? Siempre era mirar afuera de la ventana, o tomar agua; el agua sirve mucho para el mareo ¿sabías? La verdad que no.

Pero desde ese viaje en bus que todo se fue al carajo; estábamos en un pueblito de esos que ni en los mapas salen, teníamos que volver a capital regional para tomar el bus de vuelta. Yo no sabía cuánto nos íbamos a demorar, una hora sería. Los otros 4 con los que iba tampoco sabían. Ah, bueno, la cosa es que nos subimos a la cuestión y vemos que está lleno. ¿Qué tan lleno? Pregunto, ahora con la boca libre. Bastante, no quedaba ningún asiento y teníamos que ir parados. Mira, tú me conoces, yo no tengo problemas con esas cosas chicas. Sí los tenía. Pero el tema era el mareo; hora y media de ruta, curva tras curva y yo me estaba muriendo. Apretados todos, me balanceaba como podía. Tenía que estar fijo mirando a la ventana, o si no ahí mismo dejaba el desayuno.

¿Pagas tu? Yo había invitado Sí, sí. Oye ¿Y qué pasó con el bus? Dije mientras me limpiaba la boca, llena de tomate y mayonesa. Como era costumbre iba tarde, pero no podía rechazar una historia. Ah sí. Fue horrible, como te dije, fueron como dos horas de aguantarme el vómito. Tenía escalofríos y sudaba frío de lo mal que estaba. Tuve que sacar de mi mochila unas pastillas de jengibre, molerlas y restregarlas en mis encías, como en las películas. El jengibre hace muy bien para el mareo ¿sabías? Me estaba empezando a molestar la estructura de su historia. No, no sabía. Fugazmente miré la hora. Así es, me lo dijo el otorrinolaringólogo.

En verdad, una vez sí llegué a vomitar, fue en clases. En la cátedra empezaron a mostrar esos videos como de ilusiones ópticas. ¿Estroboscópicos? Trato de aportar a la historia. No me interrumpas. No aporto a la historia. Pero sí, creo que era de esos. Bueno, la cosa es que no duré ni 20 segundos viéndolo y corro al baño. Creo que había comido algo raro ese día, pero no como para botar todo, quedó como una masa verde y con grumos. Tiré la cadena rápido. Todavía quedaba como la mitad de mi completo en la mesa.

La cuenta por favor. Dije, haciendo ese gesto de escribir en el aire ¿a quién se le habrá ocurrido eso? A un genio probablemente. Quería adelantar lo más posible el desenlace. Después de lo del bus todo empeoró, ahora me mareaba si me paraba muy rápido, si giraba la cabeza, cuando no traía lentes, otros días cuando sí los traía. Mi vida se volvió una pelea con mi estómago. Esta historia no la había escuchado, no podía irme. Iba tarde, pero estaba interesado. ¿Y las pastillas? ¿Cuáles? ¿Las de jengibre? Ah, bueno, esas. No, nunca me funcionaron.

El Completo había estado rico, ni bueno, ni malo, totalmente promedio. Francamente, había llegado el punto en que la vida era imposible. Todo el día mareado, ¿Sabes lo que es eso? Pero lo peor son los barcos; Me han tocado unos, de esos que se levantan y caen, y levantan de nuevo. Yo creo que mi cabeza no entiende qué pasa cuando se marea, debe creer que algo malo está pasando, y vomita. Como un borrón y cuenta nueva. Ahora siento la necesidad de aportar a la historia. Yo también a veces me mareo en los barcos. Ah bueno, pero te apuesto que no como yo. Debe haber veces que la gente cuenta historias solo para que ellas sean las que la cuenten.

Tuve que ir al doctor. Pensé seriamente que quizás tenía vértigo o algo así, que mi oreja tenía algo malo. Tomé cita y ha sido una de mis experiencias más surreales en la consulta. Porque el vértigo tiene que ver con tu oreja ¿sabías? Me miró con esas caras de esperando respuesta, no alcancé a reaccionar. Empezó con las preguntas normales, peso, edad, si fumaba, deporte, tu debes saber. Lo curioso, fue la prueba para el vértigo; Tuve que pararme, cerrar los ojos. Adivina que me hizo hacer. No es que no me importara, pero no podía gastar más tiempo. Además, la situación ya era un tipo de costo hundido. Simplemente tenía que saber cómo iba a terminar ¿Qué cosa? No, pero adivina. Ya pues, córtala y dime. Antipático; me empezó a sacudir. Sí, se iba dando vueltas y me empujaba, a veces me trataba de golpear en la espalda, otras solo en la cabeza. Pensé que todo esto era broma, que el tipo en cualquier minuto me revelaba que no era doctor, solo un loco del pabellón de al lado. Igual tenía miedo, así que me botara al suelo y no sé, me desmayaba. Pero terminamos y me dijo que no tenía vértigo, algo como que: si lo tuviera me hubiera caído o no sé qué mierda. Yo solo pienso que fue una pérdida de tiempo, lo pude haber hecho en mi casa con un amigo o algo. Yo solo pensaba que en todo este rato no habían traído la cuenta.

Y no me hagas hablar de los vuelos en avión. Los vuelos me marean demasiado. Personalmente, mi punto límite. Me encanta una buena historia, pero estas cosas sin resolución no satisfacen a nadie. Una buena historia tiene inicio, conflicto, final. ¿Y qué vas a hacer? Dije, con cara de esperar respuesta ¿Ah? ¿Qué vas a hacer? Si no tienes vértigo, no tomas nada, las pastillas de jengibre parece que no te sirven. ¿Qué vas a hacer? Empecé a sacar mi billetera. Ah, bueno, no sé. Yo creo que aguantármelo no más. Saco al ojo lo que creo que cuesta un Completo aquí. ¿Qué no la vida era imposible? ¿Las tres horas de bus un infierno? ¿Para qué me cuentas esto? Hubo un silencio de unos momentos. Definitivamente había sido mi culpa, nunca más le pregunto sobre su semana. Estaba empezando a sentirme culpable cuando respondió. Pero es chistosa la historia, ¿no? Pongo el dinero en la mesa y me voy.