Moda bendita
De Sofía Zavala
A raíz de una ruptura inmensamente dolorosa de hace unos meses ya, terminé encontrando refugio, escapatoria y compañía en La Virgen de la Soledad. Nunca me he considerado una persona religiosa, y a mi parecer sigo sin serlo, pero existe algo místico y chic en irle a llorar a una mujer vestida en terciopelo y ataviada en oro, creo que veo algo de mi en ella.
Un jueves le anuncié a mi mamá que en consecuencia a mi dolor y súbita perdida de peso, buscaría mi lugar en algún atrio de la Catedral de mi ciudad. Remedios, mi madre, parecía algo en shock pero apoyó mi santa voluntad (como ha apoyado cada cosa que he hecho en mi existencia). Al llegar al recinto, al que solo había ido durante mi curso de Arte Barroco en la universidad, ahora buscando algo menos mundano que la aprobación académica, me sentí perdida y, siguiendo las instrucciones de Remedios, giré a la izquierda, donde se encuentra El Santísimo. Por supuesto que no lo pude tomar en serio, no entendí la devoción a él. Me pareció una mezcla entre un candelabro y un artefacto oriental para fumar.
A punto de irme, recordé mi instinto y en homenaje a la película de Malena, en la que Renato escoge su santo mediante la mirada, yo escogí también. Escogí a La Virgen de la Soledad, la Virgen mejor vestida de toda catedral.
Viste un amplio manto de terciopelo color uva, pesado como el duelo mismo, sus bordados dorados dibujan flores y brocados que brillan apenas bajo la luz tenue de la catedral y las velas que le dejan los fieles en ofrenda. Debajo, una túnica igualmente oscura apenas asoma entre los pliegues del manto, mientras un delicado velo de encaje marfil enmarca su rostro. Sobre la cabeza descansa una corona imperial y, detrás de ella, un resplandor metálico convierte su silueta en una aparición suspendida entre la tristeza y la gloria. Su pecho, atravesado por puñales dolorosos , y las lágrimas de cristal que recorren sus mejillas parecen haber sido colocadas ahí para convencer a cualquiera de que incluso las vírgenes conocen el abandono. Toda ella está cubierta de joyas, pero ninguno de esos ornamentos distrae de la serenidad con la que sostiene su pena. La Soledad no es una mujer derrotada, no me lo pareció en absoluto, sino que entiende el dolor como la vida misma.
Sentí la voluntad de arrodillarme y empecé a llorar. Habrán sido unas dos horas. Durante ese tiempo iba encontrando más y más detalles en su atuendo que merecían tener todo un board de Pinterest. Y es que es curioso, parte de mi formación como historiadora del arte consistió en hacer descripciones de Vírgenes, Santos y demás figuras religiosas, pero ahora creo que las cosas se ven completamente distintas cuando deseas tener fe en ellas.
Empecé a pensar en los hacedores de Vírgenes de otra forma siempre los había contemplado como responsables de un oficio en el que su diseño tiene que verse lo más prolijo posible. No fue sino en mi llanto que los imagine como amigas devotas que encuentran una misión en el agregar blush, bronzer, kajal y máscara de pestañas con el fin de depositar esperanza en una primera cita, buscar libertinaje en una noche de viernes o apaciguar la tristeza en una ruptura.
Entonces, decidí visitarla cada jueves y otorgarle un lugar a la par de mis santos contemporáneos. Existe un deseo también de enseñarle mi guardarropas imaginando que así como yo admiro su pesado y lustroso terciopelo, ella encuentra algo de suspiro en mis bolsas de canutillo, zapatos de piel y blow out capilar realizado en secadora. Siempre le hablo de que mi mamá me peina para ir a verla. Ahí entendí que la fe y la admiración van de la mano y que yo terminé escogiendo a una patrona del glamour melancólico.
Me gusta pensar en que un día, cuando casi no haya gente, se va a bajar del altar y me va a preguntar que qué ha sido de ese hombre al que se le esfumó su amor por mí y que cuando va a llegar la bolsa que me acabo de pedir en las rebajas de Desigual. También disfruto imaginar que un día se me olvida el luto y la vergüenza y me encaramo a retocarle el durazno de las mejillas.
¡Oh, Soledad!, sigo sin comprender muchos de los rituales que suceden alrededor de ti. Lo único que sé es que cada jueves vuelvo a verte. Me gusta comprobar que las lágrimas cristalinas siguen en el mismo sitio que el jueves pasado, o si alguien ya se las llevo, como yo espero que te lleves las mías.
Quizá nunca sea religiosa. Lo que ocurre es algo mucho más cercano a enamorarme de una imagen. Siempre supe que las imágenes sobreviven porque alguien decide seguir mirándolas; nunca imaginé que un día una de ellas terminaría devolviéndome la mirada.
Así es como encontré consuelo en una Virgen envuelta en terciopelo color uva, bordada en oro y maquillada con la delicadeza de quien conoce el peso del mundo. Y, por ahora, esa certeza me resulta más que suficiente. Quizá esta sea mi iniciación en la religión: creer que en que la belleza no elimina el dolor, pero lo convierte en algo más llevadero.