Chilaquiles rojos
de Patricio Ventosa
Estoy seguro de que esto va a causar reacciones muy fuertes en muchas personas, pero ya no puedo quedarme callado. Los chilaquiles rojos son mejores que los verdes. Pero escúchenme tantito. No se trata necesariamente del sabor (que sí), se trata de apostar sin mucho riesgo pero con buena recompensa.
No tengo ningún entrenamiento culinario, pero, como ustedes, tengo papilas gustativas. De acuerdo a mi experiencia como consumidor de chilaquil, los verdes suelen calificar entre un seis y un ocho de diez. Siempre buenos y, si no buenos, salvables. Pero, ¿excelentes? ¿Podrían unos chilaquiles verdes hacerme cambiar de parecer sobre si una rata debería o no dirigir un restaurante? No lo sé.
Ahora, he probado chilaquiles rojos terribles. Que si aguados, que si insípidos, que si casi entomatadas. Pero, también, he probado chilaquiles rojos que me hacen escribir esta columna. Donde el nivel más bajo de los verdes es un seis, el de los rojos es un cuatro. Pero, donde el más alto de los verdes es un ocho, el de los rojos es un diez.
Tiene unos años ya que me convertí en ávido creyente del chilaquil rojo. Si dada la opción, siempre me iré por los rojos. No porque sean siempre mejores, ni siquiera porque el margen de sabores me guste más. Es apostar una chela, es probar un atajo nuevo, es ver si la bola de papel que aventaste desde el otro lado del cuarto ahora sí cae en el bote. Y también es comprar esa chela, hacerte diez minutos más y pararte a recoger el papel que no cayó.
A este punto de La Singularidad, asumo que ya se habrán dado cuenta que el concepto del juego y yo tenemos una relación interesante. No apuesto en casinos o deportes, pero sí busco el juego en todo lo demás. En el último año, he repetido como disco rayado la frase “no juego para ganar, juego para jugar”. Ganar es lindo, sí, pero el gozo está en el juego en sí. El gozo está en perder con gracia, en reconocer que siempre hay margen para equivocarse rico.
Desayunar chilaquiles rojos una y otra vez es jugar a ser un Sísifo que empuja la roca para ver si hoy puede llevarla más lejos que ayer. Y, suponiendo que este Sísifo ludópata existe, adivino que hay días donde, solito, suelta la roca. Porque si hoy sí rompe el récord, tal vez mañana no podrá hacerlo de nuevo.
A veces uno se despierta con ganas de fallar. De intentar algo que muy probablemente no funcione, pero que, si sí, la gloria podría hacer que todo valga la pena. Me descubro seguido buscando algún tipo de desequilibrio para mantener el asunto interesante. Usar camiseta blanca cuando como sopa, caminar sin pisar las líneas, dedicarme al arte. No como forma de autosabotaje, pero porque sospecho que solo en esa frontera, en la falta de garantía, se encuentra algo un tanto distinto. Un tanto más vivo.
La posibilidad como brújula, el desvío como forma, la torpeza como estética y el poderosísimo chile guajillo como mi motor.




