El cortejo del águila calva
de Patricio Ventosa
Como ritual de medirle el agua a los camotes, las águilas calvas hacen lo que decidimos llamar “The Daredevil Cartwheel” [La voltereta del temerario], donde dos águilas se toman de los talones y, dada la imposibilidad del vuelo, se desploman hasta que el peligro es inminente. siendo aves rapaces, dependen por completo de la cacería y, por ende, necesitan poner a prueba la valentía de su contraparte si el asunto se pone peligroso. Una vez que terminan, lo vuelven a hacer una y otra vez hasta que la confianza entre ellas es suficientemente fuerte o hasta que se harte una de la otra.
Si bien es extraño, hay águilas no sobreviven este proceso. Infladas por el ego de su propia habilidad o abandonadas por su contraparte al último minuto, sí hay algunas que impactan con la tierra y terminan, de menos, lisiadas. Hay algunas que se estrellan juntas y sobreviven, como una pareja en 2014 que quedó colgada de la rama de un árbol por no soltarse las garras al impactar. Hay otras, como la pareja de Prince William Sound donde, al impactar con la nieve, solo la hembra sobrevivió. Es el equivalente letal de llevar a tu pareja a una boda a ver si aguanta todo el Payaso de rodeo.
Es dar la vida por un futuro, por amor o por ego, pero es dar la vida. En inglés, se describe el enamoramiento como “falling in love” [caer en amor] y, si bien no siempre es amor, siempre es caída. Y, ¿qué no es así siempre? No soy un un ave capaz de volar a treinta millas por hora (hoy usamos millas y hablamos en inglés porque son gringas), pero imagino que, fuera del instinto y la evolución no tienen mucha de otra. ¿O qué? ¿Quién puede decir que se negaría a caer en espiral tomado de las manos de quien podría ser su futuro?
Ustedes no lo saben (porque intento esconderlo en mis Singularidades) pero soy yo el más ávido fan del amor y sus consecuencias. Todas las veces que lo he experimentado, todas las veces que se me ha narrado, todas las veces que lo veo en pantalla y todas la veces que se representa, se hace de la misma manera. Caemos, sin importar si saltamos o no, porque una vez que empiezas a caer, no te detienes hasta el impacto. A veces la caída dura poco y el moretón es chico. A veces caes diez metros, pero caes en agua. A veces no sobrevives. Pero, como suele ser el asunto, siempre es sobre la caída.
¡Y eso no es todo! Además de hacer esto cuando se cortejan, águilas veteranas de parejas longevas vuelven a hacer algo muy similar para renovar su confianza mutua, normalmente en preparación para aparearse de nuevo. Les digo, uno cae y no deja de caer. Hay algo severamente honesto en dejarse caer. No fingir equilibrio, no sostenerse más de lo necesario. Es ceder. Es levantar las manos en la montaña rusa. No solo es la pérdida del suelo, es el reconocimiento de que, nosotros bípedos sin alas, no podemos hacer nada para evitarlo.
Las águilas lo entienden mejor que nosotros. Para ellas, el abismo no es maldición ni destino, es método. La caída no es un castigo, es una prueba. No es teatro, no es poesía, no es elegir la cafetería perfecta (pero no reutilizada) para una primera cita; es gravedad. Es apostar con la consciencia limpia. Es sonreír incluso si te estrellas. Es saltar cuantas veces sea necesario con tal de tomarse de la manita. Porque, en estos asuntos, uno no cae solo.
“Si tu no me sueltas, yo no te suelto”.




