Kraszna... algo

De Adrián Eleuteri

KRASZNA... ALGO

Hace unos días, al salir del trabajo, pasé a la casa de mi padre para cenar en familia y tomar café. Al entrar al comedor, noté que Morrasplainer tenía un mazo de cartas en la mano; las estaba repartiendo. Se congeló cuando me vio. ¿Eh? No tenía idea de que sabías jugar baraja, dije. No sabía, contestó, me enseñaron hace rato, gané seis veces seguidas. Al instante, todos protestaron y le pidieron que contara la historia completa. En resumen, querían divertirse con juegos de mesa y no se ponían de acuerdo con cuál; mi padre salió de casa sin avisar y volvió con una baraja. Se trata de esto, le dijeron a Morrasplainer, y esto es así y asá. Acto seguido, repartieron juego y Morrasplainer comenzó a ganar una partida tras otra. Lo que tildaron de «suerte de principiante» lo sospecharon luego como trampa. No fue sino hasta que revisaron carta por carta que advirtieron la extravagancia de la situación: con sus respectivos figurines, en los naipes abundaban los ochos y los nueves. Les gané en su juego, con sus reglas y en su casa, dijo Morrasplainer, y, con otras palabras —desafiantes y provocativas (las cuales aludían  más bien a la biología masculina)—, se declaró a sí misma una genuina tahúr. Dejé mi maletín, jalé una silla, golpeé la mesa un par de veces con las yemas de dos dedos y recibí ocho tajos de cartón. Subí mis cartas y acomodé mi juego. Creo que allí me perdí. Un huracán se arremolinó en mi estómago. Jugué mecánicamente, con los ojos bien abiertos, el resto de la noche. Conduje de vuelta a casa en silencio y noté, a una cuadra de llegar y justo al intentar un cambio de velocidad, que la mano derecha, como dolida por un frío de huesos, me temblaba. Con la ropa puesta, sin quitarme nada, me fui a la cama. Permanecí un buen rato (minutos, horas, no lo sé) mirando el techo, callado, hasta que el cansancio me venció.
​ La mañana siguiente, busqué en mi libreta de viaje un texto que había redactado hacía muy poco bajo una luz sofisticada y fluctuante, inmerso casi por completo, aunque suene extraño, en una especie de ceguera cálida que me dejaba ver, en una especie de preludio sagrado, centellas nubarrosas sobre las cabezas de las personas. Y helas allí, mis... notas, una torpe colección de garabatos que pretendían ser palabras. Para mi fortuna, lo recordaba todo y me fue relativamente fácil reconstruir esos fragmentos de memoria.​
​Antes de partir al viaje en el que perdería y recuperaría la vista, me comprometí con mi equipo de trabajo a escribir una nota sobre el Premio Nobel de Literatura tan pronto como anunciaran al nuevo laureado; no importaba que la fecha coincidiera con mis vacaciones. Mi hotel, erigido entre la jungla y ya lejos de todo, era en realidad una imponente colección de torres, casas y restaurantes unidos por piscinas en la superficie y bajo tierra por larguísimos senderos que, de a ratos, se volvían orillas de ríos subterráneos y cenotes. Las antorchas, en todo aquel lugar de lugares, llameaban en la noche.  Y el mar allí era bronco. Tan bronco que no fue posible siquiera ir a tocar la arena. En vez de eso, me dejé besar la piel por peces negros, azules y amarillos todo el tiempo que exploré el lecho marino de una caleta. Tomé mucho con mi padre en una de las piscinas, no sé cuántos Baileys, no sé cuántos mojitos, no sé cuántas cervezas ni cuántas piñas coladas. Tanto licor lo venció a él; bajó la guardia serenamente en un camastro hasta caer en un sueño profundo. Guardo este recuerdo nítido: le quité el vaso de los dedos, acomodé su sombrilla, acaricié el perfil derecho de su rostro y volví a la piscina con Binbonchitas y Morrasplainer. Nos abrazamos los tres e hicimos un bucito. Binbonchitas reía mucho. Morrasplainer respiraba hondo y precipitadamente. Me gustó ver su cabellera pegada a sus clavículas; sus ojos grandes, atentos a la novedad acuática; sus labios curvilíneos, sensuales, y de pronto su sonrisa, hermosa de veras. Las acompañé por las toallas a los camastros para luego ir a comer. Esperen, les dije en cuanto las dejé con mi padre: una y ya. Me arrojé a la alberca en un clavado, nadé hasta un lejano extremo y volví lo más lento que pude, buceando como una rana. ​
​Al salir del agua ya no pude ver. ​
​Vamos, es una forma de decirlo. En realidad, una suerte de aura punzante resplandecía alrededor de los objetos, y las personas se convirtieron en manchas parlantes, figurines místicos, luz angular, bruma cristalizada, rota. Me preocupé seriamente; ello no impidió que esa noche acudiéramos a nuestra reservación en un restaurante japonés llamado Mada-Sama. El sushi y el ramen, exquisitos; el sake, vigoroso. Recuerdo todo como una niebla verde, primero en danza y luego en combate con la oscuridad. Lo que supuestamente era una locomotora que paseaba rollos alrededor de una gran mesa, lo vi como una estela de salpullido rojo y negro que se apagaba despacito y de la nada volvía a arder. Estaba ya de mal humor. Me peleé por una tontería con Morrasplainer y con mi padre. Prematuramente, pedí que nos retiráramos. Dormí mal.​
​El frío me despertó. Traté de buscar en mi celular el anuncio del nuevo Nobel de Literatura. Me fue imposible leer y descifrar las manchas que en realidad eran —lo supe luego— soles celestes. Di con el clip de unos porteños trasnochados que lamentaban el hecho: el ganador resultó ser Krasznahorkai, el húngaro. Desde el año anterior era uno de los favoritos. Quise volver a conciliar el sueño, pero no pude porque mi mente se rajó y los recuerdos —vívidos unos, casi muertos otros— anegaron mi letargo. Viajes en motocicleta por el continente. Lecturas a la orilla del mar, en moteles y montes. Ímpetu, pulmones llenos, enfermos a veces, y soledad. En mi cabeza había empezado a redactar la nota. Libreta en mano y como pude, salí a caminar. Las antorchas, según creo, aún llameaban. Me di cuenta de que estaba a mitad del puente que conectaba la torre de suites con la de amenidades. Manoseé el aire hasta encontrar el barandal; me recargué. No sé si lo que vi era el mar o la negrura de la selva. Crucé la pierna y esa aritmética anatómica figurada al cuatro activó un recuerdo antaño: heme allí, de once años, sonriente, retratado con mi padre una mañana en el balcón de un hotel modesto en Acapulco; usando sin pena ni recato mi pijama, una playera del PRI. Short verde turquesa. Las piernas formando, sin querer, el ortopédico y delator cuatro.  La imagen se me quedó grabada porque, de mayor, al revisar en familia (y solo) el álbum de fotos, me dio  siempre vergüenza ésa, hasta que un día, once años después de aquella pose, la sustraje y la hice pedazos con  violencia. 
​Recuerdo los días previos a la toma, el montón de problemas en los que me involucré ese año, los baños de la escuela que grafiteé con latas, las bombas de aerosol en un espectacular de Periférico que rellené una noche con mis amigos del salón y que casi le cuestan la vida a Soto, las peleas a puñetazo limpio que me abrieron los pómulos y los nudillos, la borrachera que casi me arrebata la vida. Y en cada una de estas situaciones, la intervención de mi padre: con la directora de la escuela, con los individuos que venían a desmadrarme con bates de baseball, con... No... Lo de Magnolia no lo supo. Queríamos ser parte de la UBS, la Unión de Barrios Solitarios, y nos creíamos muy cabrones, subversivos, contracultos. Nada de eso. Rebeldes éramos, claro: por las razones equivocadas. Lo digo ya, valor sí que teníamos. Pero era aquella una fuerza inútil y, como yo años más tarde, ciega. Terminamos en el Ministerio Público; la madre de una compañera de salón que trabajaba allí movió engranes, cobró un favor y nos sacó. Por eso no deja de ser irónico y absurdo lo de la foto. Apenas unos días después ocurrió lo de los baños de la escuela; me agarraron in fraganti con la lata de aerosol en la mano. Lleno de vergüenza, mi padre fue a dar la cara con la directora y logró convertir mi bien ganada expulsión en una suspensión de varios días. Horas más tarde volvió del trabajo con una tarta en la mano. Me miró muy serio largo rato, luego sonrió. Es para ti, dijo, y me abrazó cálidamente. No dije nada. No supe qué hacer. Sabía que merecía una reprimenda cruenta, anhelaba, a decir verdad, la expiación mediante el áspero maltrato: jalones de greña, nudillos súbitos contra mi cráneo, coléricos cinturonazos. En vez de eso, mi padre me dijo que me quería. Nobleza obliga, solía decir...​
​Seguí andando.​
​—¿Viene al bar, señor? —dijo la voz de un hombre. Sin esperar respuesta, volvió a hablar: —Adelante, bienvenido a Mada’s Bar.​
​—¿Dónde estoy? —pregunté confundido. ​
​—En Mada’s Bar.​
​—Quiero decir: este lugar...​
​—Mada’s Bar, señor —se adelantó aquel hombre—. Es un bar de especialidad japonés. El bar de Mada-Sama.​
​—Yo... ¿sabe?, soy ciego —titubeé—. Me acabo de quedar ciego.​
​Luego de un silencio incómodo, el hombre murmuró:​
​—Lo lamento, señor. ¿Puedo servirle en algo?​​
​—Sí, ayúdame a llegar a la barra, voy a... necesitar (es la palabra) una cantidad obscena de Baileys.​
​Desplegué mi libreta. Recibí mi primer trago. Como pude, bajé al papel lo que ya había garabateado en la mente: una fecha, 9 de octubre de 2025, y la mención de un grupo de lectores más que devotos reunidos en el barrio bonaerense de Flores que gritaron, cuando el secretario perpetuo de la Academia Sueca estaba a punto de anunciar el nombre del laureado, ¡Aira o muerte! Y de pronto un nombre como de rebuzno y cuernos, poderoso; rostros desencajados, y en el aire o las sinapsis una declaración del argentino de varios meses antes sobre el Nobel: Sería lindo ganarlo, pero seguro se lo dan a ese húngaro, Kraszna… algo. Él siempre gana. Correcto, un apellido (supuestamente) impronunciable (bah, ¡pelmazos!), como un quejido, como de trueno, ligado para siempre al máximo galardón de las letras “por su obra convincente y visionaria que, en medio del terror apocalíptico, reafirma el poder del arte” (académicos suecos dixit); se trata de un autor aclamado por críticos literarios y de cine (es aliado escritural de Béla Tarr), cuya prosa peculiar (de contornos kafkianos) explora la decadencia y la catástrofe; dan cuenta de ello Tango Satánico, La melancolía de la resistenciaGuerra y guerra y, entre poco y más, mi favorito (por ser el libro con el que me hice su lector): Relaciones misericordiosas. Leer la obra de Krasznahorkai —escribo ebrio con grafías culecas— equivale a someterse, en fin, a un paisaje narrativo de gravedad paciente. Así lo pongo —reafirmo— con miserable letra y añado luego algo sobre los favoritos del año (Gerald Murnane, a quien no he leído; Cristina Rivera Garza, de quien soy lector desde la publicación de El mal de la taiga; Haruki Murakami, cuyos libros, en mi opinión, tienen pésimos finales; Mircea Cărtărescu, quien es un genio y no posee libro malo; Can Xue, de quien leí La frontera —hermosamente traducida por Blas Piñero— gracias a la recomendación de un director de cine chino la vez que recalé en un albergue salesiano en Ciudad Juárez; César Aira, cuyo nombre me pareció escuchar en una canción de Rosalía: ... como César Aira, yo me transformo; y el propio Krasznahorkai, de quien supe porque recibí de manos de un vendedor de banqueta Sátántangó, de Béla Tarr, en un disco pirata, como regalo de compensación por una grosería que me hizo el librero). Saqué mi celular y le pedí al barista que me hiciera el favor de buscar en Internet la grabación de la llamada de la Fundación Nobel al escritor húngaro para enterarlo de la noticia. La escuché. Hacia el final, Jenny Rydén, emisaria de la fundación, cuestiona en inglés al novelista sobre su más grande fuente de inspiración. «La amargura», responde sin titubeos Krasznahorkai. «Me pongo muy triste si pienso en el actual estado del mundo. Esta es mi más profunda inspiración: el ser humano de ahora, o el de hasta ahora. Y esa podría ser una inspiración para la siguiente o las siguientes generaciones en la literatura. Una inspiración que le dé algo a la siguiente generación, para que pueda, de alguna manera, sobrevivir a este tiempo, porque es muy, muy oscuro, y necesitamos más fuerza para sobrevivir ahora que antes». Me gustó esa parte. Más que traducirla al español (me di cuenta días después), la volví un alambre maltrecho de tinta.​
​—¿Otro Baileys, señor?​
​—Otro Baileys, Bloomson —repliqué, más vehemente que demente.​
​—¿Cómo dice? —preguntó mi amigo barista, Bloomson, sí señor.​
​—Ya no le des más —terció alguien, Morrasplainer. Y luego, dirigiéndose a mí, claro que sí, lanzó un reclamo—: Aquí estabas, ¿por qué no contestas el celular?​
​—Calmate, guacha... —respondí.​
​—Ya estás pedo —dijo Morrasplainer—, ¿cuántas llevas?​
​—Su Baileys, señor —dijo Bloomson, gran barista, mejor persona, así, de cabrones.
​—Definitivamente ya estás pedo —dijo Morrasplainer al tiempo que me arrebató mi trago—. ¿Por qué Bloomson?​
​—Qué, ¿no es obvio? —mascullé—. Es un homenaje a Irlanda, a Joyce, a Harold Bloom (cómo no) y, lo más importante, a este pinche Baileys, mamacita, ¿entiendes? Va muy ad hoc, todo está conectado, ¿sabes? ​
​—Ese apellido ni siquiera existe —contravino Morrasplainer.​
​—Existe —dije yo.​
​—Estoy cien por ciento segura de que no existe —contestó Morrasplainer.​
​—Claro que existe —aseveré indignado—, no le niegues su linaje, ¡discúlpate con este hombre!​
​—Como sea —dijo Morrasplainer—, vámonos, tu papá fue con Binbonchitas a pedir mesa para desayunar, vamos a alcanzarlos.​
​—Bloomson, una disculpa —susurré—, nos retiramos, gracias por tu servicio.​
​—Un placer, señor —dijo Bloomson, un cabrón de ley, leal entre los leales—. Su libreta. —Cuando alcé la mano para pescar el cuadernillo, me pareció ver, sobre la cabeza de aquel buen irlandés, un halo esmeralda.​
​Sama-Mada.​

Escribí de ello en alguna ocasión, hoy lo sostengo: me da igual el servicio o la fachada; juzgo a los restaurantes por sus chilaquiles. Y los chilaquiles de los restaurantes de nuestras vacaciones de ensueño fueron terribles. Sin picor. Insípidos. Luz en inglés. No cocinados; prefabricados, pensados y hechos para consentir entrañas delicadas, paladares timoratos. Oh, this is so delicious, love this dish, I love Mexico!, dijo una mujer cerca de nuestra mesa a propósito del platillo que a mí me estaba provocando indignación. Pruébalos, le dijo Morrasplainer a mi padre y él hizo un exabrupto, una maldición con trompetilla de aires añejos que soplaban todavía y luego de tantos años me seguían provocando risa. Ronda en el silencio un ronroneo metálico. Y lo borroso se hace nítido. El vómito de un niño en la portezuela a 100 km por hora. Debajo de esa curva se ve el mar. No es el Caribe cristalino, turquesa; es el Pacífico verdoso, turbio. Aquel Sentra 2000 rojo doblegó el arco del asfáltico y su tripulación miró asombrada la Costera Miguel Alemán. Hotel Tortuga, sin reservación. Lo primero que hicimos al entrar al cuarto fue correr al balcón. El mar de fondo. Mi abuela, mi hermana y mi primo Pedro, de un lado; al centro, sobre el horizonte, una muela mineral, titánica; del otro extremo, primero yo, luego mi padre. Y lo que ahí no estaba. Lo que en un futuro comenzó a ser, porque además de unos shorts, yo portaba sin asomo de vergüenza una playera del PRI que le dieron a mi padre en un mitin una tarde maldita hacía más de media década. El botones hizo la foto y recibió a cambio una propina generosa de mi padre. Aprende, me dijo al oído, no pases vergüenzas como tu padre. Cenábamos en un lugar distinto, comíamos en algún restorancito por la playa; desayunábamos siempre en el buffet del hotel. Me serví una porción de chilaquiles y, acto seguido, Pedro, mi primo, hizo algo que cambió para siempre el gusto culinario de mi padre: fue el último en sentarse a la mesa, llevaba en su plato una montaña de chilaquiles; quiero decir: aquello era el puto Everest. En la palangana metálica del mesón no quedó nada. Los otros comensales nos miraron con desprecio. Mi padre, más que avergonzado, se dirigió en voz baja a mi primo: Pinche Pedrito, te los acabas, y el sobrino de mi padre, su ahijado de Primera Comunión, asintió contento. Pero al cabo de pocos, poquísimos bocados, dijo, con voz aflautada, cantadita: Ya me llené, tío. 'Ora sí, exclamó mi abuela, que el padrino le entre, que el padrino le entre; ni modo, padrino, vámonos pa' dentro. Así dijo mi abuela y se echó a reír como pocas veces. Mi padre se arrimó el plato de mi primo Pedro, clavó, encabronado, su tenedor en una loza tectónica de tortilla pastosa y comenzó a tragar despacio, muy despacio. Al cabo de un rato: sus ojos tembleques, llorosos, emputados, hasta que el monte se hizo loma y la loma un bulto que ¿nosdesapareció con la última de sus mascadas esa mañana de ingesta brava, de carcajada cínica. De lágrima atorada en las pestañas, sí, pero dignísima. Casi tres décadas han pasado desde entonces y mi padre no ha vuelto a probarlos. Todo, de pronto, volvió a ser borroso, insípido. Ya no saben como antes, comenté; casi en ningún lado. El abuelo de Binbonchas hizo un aspaviento verbal y declaró a los chilaquiles, por razones distintas a las mías, un platillo indigno del ser humano. Lo imparable, dije casi para mis adentros, es el hastío. Descansa en paz, Gonzalo Rojas, dijo Morrasplainer, te hubieran mamado los chilaquiles que no pican. Rest In Poetry, Gonzalo Rojas, dije yo, ¿nos entonces vemos el venti... dos? Rest In Pim Pam Pum Pum Pum Pam Pam, mis cabrones, dijo Morrasplainer y dio un manotazo en la mesa, ¿nos  entonces vemos en la alberca? Salió corriendo y mi padre, con Binbonchas en brazos, y yo de últimas, atragantado, medio ciego y ebrio, le dimos alcance.​
​Nuestro vuelo de regreso despegaba a medianoche. Pasamos el resto del día en la piscina, parándonos de manos, sumergiéndonos de pecho hasta lo más hondo, enseñándole a Binbonchitas a aguantar la respiración, tomando (yo, sobre todo) Baileys, mojitos y piñas coladas. Me daba mucho miedo que mis ojos volvieran a tocar el agua, por eso hice de mis párpados puños, tanto, que en un momento perdí la noción del espacio-tiempo y me descubrí flotando bocarriba, a la deriva. Un cocazo con la orilla de la alberca hizo que abriera las palmas de mis ojos y el hecho poco a poco me devolvió al presente. Así era de chiquito, dijo una voz conocida; no se quería salir del agua.​
​En el lobby del hotel, a punto de tomar el transporte al aeropuerto, Morrasplainer dijo que apenas se estaban encendiendo las antorchas, que si podía distinguirlas. No son antorchas, dije atontado y ciego todavía. Son... brujas cósmicas. Me arrepentí al instante de mi aseveración; me sentí ridículo. Y, por más que intenté, no logré identificar de dónde había sacado aquello, el nombre, la extravagancia interestelar. La inquietud me duró horas, pero quería acordarme yo, sin preguntar. Forcé mi mente y estuve a punto del esclarecimiento. Nada. Entre latidos súbitos y estertores, todo se moría en la sospecha de... unos folders. Abordamos y volvimos a abordar. Claudiqué luego de un rato del despegue y aquella calma bastó para que mi memoria, ya sin prisa, me dejara entrar en sus dominios, libérrimo. No grité; sentí vértigo. Inspiré hondo por la boca. Papeles, en efecto, apilados sobre un escritorio, pero antes, semanas antes, el pie de Soto atorado en un escalón hueco, tubular...​

Las latas de aerosol las compré yo. Nos juntamos por la noche afuera de la secundaria. Era otra prueba de valor y calidad de trazo para ser parte de la UBS, la Unión de Barrios Solitarios que movía no sé quién diablos (ah...). Ya habíamos rayado un par de casas y una barda y esa vez íbamos por más, algo mayúsculo, un lugar en el que sólo se aplicaban los de la vieja escuela. Caminamos un buen rato hasta llegar a Periférico; cerca de la presa de Anzaldo —un lugar que olía a podrido— dimos con la estructura: un espectacular abandonado, grafiteado a más no poder. Ilek lo había estudiado por meses y lo conocía bien, aunque solo de vista. Era uno de los pocos sitios donde perduraba el tag de su hermano, el Ilek original, un tipo con más agallas que talento. A mi parecer, el Ilek hermano, mi amigo, llevó el alias a su nivel más alto: su línea era simple, clásica, estética, y su especialidad eran las piezas: un día me contó que había soñado los nombres de todos incrustados en un solo grafo alargado y rectangular. Cuatro subimos lo más rápido que pudimos. Tres permanecieron abajo para tirar 18. Vimos el tag, la prueba de osadía del primer Ilek, una bombita vieja, muy vieja, carcomida por el óxido de las láminas. Abrimos las mochilas; Ilek trazó una pieza simple y yo la rellené mientras Laset aplicaba a un costado nuestros tags. Soto, cuyo alias he olvidado y cuyas líneas de cuaderno eran infantiloides, tomó la foto con mi cámara (la de mi padre, mejor dicho, una Fuji de mediados de los '90 que usaba en sus viajes y que recién había empezado a albergar la evidencia de nuestras pintas). Fueron los tres, los tres gritaron: «¡18, 18, 18!», pero yo solo escuché la voz de Mask. Laset dijo que no era una voz, sino el chiflido de Rickliz, y el Ilek dijo que al único que distinguió, y no bien, fue al Yojak. Soto no oyó a nadie, pero se dio cuenta de las luces de la patrulla. Dejamos allí las latas, casi llenas, y bajamos deprisa. Soto se resbaló. Para bendita fortuna de todos, su pie se atoró en un escalón: un fierro doblado en u. Quedó colgando. Logramos enderezarlo antes de que su tenis se zafara. La patrulla pasó de largo; probablemente ni siquiera nos avistó. Regresamos a casa con una sensación semejante a la derrota. Era la señal. Soto pudo haber muerto. Tuvimos que parar ahí. Lo cierto es que pecamos de estúpidos, le escupimos a la suerte y no supimos reconocer el peligro. Una semana después ocurrió lo de Magnolia.​

De niño, mi padre me contaba la historia política del país, desde Díaz Ordaz hasta Zedillo —Ponce de León: apréndete los apellidos completos, casi nadie se los sabe—, y yo me la aprendí casi como religión: vaya, los entresijos que mi padre, por equis y por ye, conocía como ninguno. Las veces que me hablaba de cierto personaje, yo pensaba, por cómo pronunciaba el nombre, que se llamaba de otra forma: así, tal como lo escuchaba.​
​—Mira, todo ese pedazo es una casa —me dijo una vez mientras iba conduciendo y yo, pequeño aún, como de ocho, viajaba de copiloto—. Es toda una cuadra casi, con todo y bosque adentro. Allí es la residencia de Luise Cheverría, sucesor de Díaz Ordaz. «Arriba y adelante», su lema de campaña.  Se lo supieron hacer. Se oye bien. Suena...  Suena... no sé. Edificante. ​
​—¿Edificante?
​—Alentador.​
​—¿Él fue el de los estudiantes?​​
​—Sí, cuando era secretario de Gobernación. También después. En tiempos de esos dos era más peligroso ser estudiante que delincuente. «No nos perjudica ni nos beneficia, sino todo lo contrario», ¿tú crees?, así decía.​
​—¿Fue tu jefe?​
​—No, yo entré con De la Madrid, quien dijo que no iba a permitir que el país se le deshiciera en las manos, pero a la mera hora sí se le deshizo, en el '85, en el terremoto. No daba la cara. Se tardó en salir...​​
​—¿Tú dónde estabas en el terremoto?​
​—Iba en el metro, mi Chapeto.​
​—¿Y qué hizo el otro, el de la casa?​
​—¿Luise Cheverría? El halconazo. Mandó a gente del gobierno a matar estudiantes en una marcha. Fue una trampa. Todos iban vestidos de civil. Te digo, era más peligroso ser estudiante que delincuente.
​—¿Cómo «de civil»?​
​—Así, vestidos de ropa normal, como cualquiera. Sin uniforme.​
​—¿Y lo metieron a la cárcel?​
​—No, Chapeto, él era el presidente. Decían que era agente de la CIA. Quién sabe.​
​—¿La CIA?​

De los prospectos a UBS, solo Ilek tenía inquietudes políticas. Fue él quien me habló antes que nadie del Ejército Zapatista de Liberación Nacional y del Subcomandante Marcos (años después me enteré de que su hermano andaba en la sierra, a caballo, encapuchado y con rifle). Cuando le propuse el siguiente escenario y le conté la razón, se adhirió de inmediato. Ninguno de nuestros amigos se opuso.​
​Hice un boceto ex profeso: un tanque de guerra en cuyo cañón yacía posado un halcón. La cabeza del pajarraco era la de un individuo malencarado, de frente amplia, que portaba lentes cafés. 
​No logramos nada. Apenas si presionamos las válvulas de las latas porque, a los pocos segundos de iniciar, frenó de golpe a nuestras espaldas una patrulla.​
​—La cagaron, morros. La cagaron, pero si bien cabrón. ​
​Nos llevaron al Ministerio Público y nos interrogaron con rudeza. ​
​—Espero que sus papás tengan feria porque su pedo es bien grande —dijo un mando policial.​
​—No creo, mi comandante —respondió un patrullero—. Son de escuela pública.​
​—No, pues la pinche calabaza no se la van a poder quitar —replicó el mando policial.​
​Pensé en mi padre. En el problema en el que estaba a punto de meterlo. En la mancha en su expediente de la Secretaría, y todo por mi culpa.​
​—¿Ustedes son amigos de Alma? —dijo una señora.​
​—¿Los conoce, licenciada? —preguntó un agente ministerial.​
​—Van en el salón de mi hija.​
​—No me diga que son amigos de Almita...​
​—Déjenme sola con ellos, agente —dijo la madre de la chica que se sentaba frente a mí en todas las clases—. Tú, ¿cómo te llamas?, ¿cómo te dicen?​
​—Iván. Me dicen Yojak.​
​—Yo a ti te conozco como el Oaxaco. Eres tú, ¿no?​
​—Sí.
​—Ajá. ¿Y tú? ¿Cómo te llamas?, ¿cómo te dicen?​
​—Víctor. Yo soy el Laset.​
​—“Yo soy el Laset” —dijo la mujer en tono bobalicón; sus gestos también lo eran—... ¿Y tú? ¿Cómo te llamas?, ¿cómo te dicen?​
​—Ilek.​
​—¿Cómo?
​—Ilek.
​—¿Qué más?​
​—Ilek nada más.​
​—Estás bien chaparro, mano.​
​—¡Pinche madrecita! —dijo un patrullero, y se carcajeó.​​
​—¿Y tú?​
​—Adrián. Me dicen Ruster.​
​—El Ruster... Ese sí lo he oído. Mi hija te ayuda en matemáticas, ¿no?​
​ —Sí. Y yo la ayudo en inglés.​
​—¡Eso lo sé! —gritó la mujer y tardó un poco en recomponerse—. Están bien pendejos, ¿saben lo que acaban de hacer?​
​—Rayamos la casa de un hocicón, de un pinche agente de la CIA —dijo Ilek.​
​—Qué pinche agente ni qué chingados: ¡de un expresidente!​
​—Ese expresidente mandó a matar estudiantes —dijo Laset—, ¿sí o no, Ruster?​
​—¡Ay, cállense, pendejos! —dijo la mujer—. En serio, cállense, ya no digan nada. —Nos dio la espalda, fui a su escritorio, descolgó un teléfono, marcó y se puso a hablar un buen rato. Más tarde le pasó el auricular al guardia de la cuadra-mansión, que estaba allí, de pie, y movía, de vez en cuando, la cabeza. Al colgar, dijo que no presentaría cargos. Se marchó. Fue todo.​
​Desde algún lugar de la corporeidad de nuestra mediadora sonó una canción que yo jamás había escuchado. Sacó unos walkman de cassette de una de las bolsas de su abrigo y lo lanzó quedito al escritorio. Extrajo luego un cigarro de una cajetilla y se lo puso en los labios. Cerró los ojos, se colgó una mano al cuello y así permaneció. ​
​—Quién sabe qué tanto dice —dijo el patrullero que nos detuvo y yo me atreví a decir:​
​—Quiero que vengas, ven, ven, ven y tómalo... Eso dice.​
​—¿Hablas inglés, güey? —preguntó el policía—. ¿Quién canta?​
​—La bruja cósmica —dijo la madre de la chica ruda, guapa también y de sobra inteligente, que el primer día de clases de segundo año me extendió una tira de Clorets de yerbabuena y me dijo (¿por qué me acuerdo tan bien?) ¿gustas? —. Ya, que se vayan —ordenó—, déjenlos ir.​
​—¿Le va a decir a mi papá? —pregunté.​
​—Tu papá es el de traje, ¿verdad? Perfumito, cochecito y todo...​ ​
​—...​
​—Ya me debe un favorsote y ni lo sabe.​
​—...​
​—¿Te va a regañar? ¿No que muy valiente, «Ruster»? Ya váyanse. Yo después hablo con él.​
​—Sí me va a regañar... A lo mejor lo corren.​
​—¿Por qué?​
​—...​
​—No me digas que... Ah... pues sí, cómo no: ha de chambear de este lado el señor... ​
​—No le diga nada.​
​—¿De quién fue la idea? ¿Tuya?​
​—Sí.​
​—¿Tú hiciste el pinche dibujito? —preguntó muy desafiante y un policía se acercó a entregarle mi boceto del teriántropo marcial. ​
​—Sí —confesé.​
​—Entonces sí sabías en la que te metías...​
​—...​
​—Mira, hijo, Almita va a llegar a ser juez, óyeme bien —algo ensombreció el rostro de la señora, su voz se hizo grave—, Almita va a ser juez un día.​
​—Yo...​
​—Shhh. Quiero puro diez en inglés, que es la única materia en la que batalla —la tensión seguía en sus ojos, no era necesario que hablara (ninguno de los dos); de pronto cerró los párpados y agachó la cabeza, como si la hubiera dejado simplemente caer. Con un ademán desesperado, nos indicó que nos largáramos. Obedecimos; en eso estábamos cuando gritó con voz rasposa ¡esperen!:​
​—¿Alguno de ustedes trae encendedor?

Era una señal. Debí parar allí. Una semana más tarde, tres del crew rayamos con aerosol los baños de la escuela. Ellos trazaron las bombas de sus tags y yo hice una caricatura de la directora. Nos detuvieron en flagrancia. Mi padre fue a dar la cara con la directora, avergonzado a más no poder —hacía casi un año que había movido cielomarytierra para que me cambiaran del turno vespertino al matutino (puso sobre el escritorio de la directora cartas rubricadas por nombres de peso en la Secretaría)—. Logró convertir mi expulsión en una suspensión de dos semanas, más el trabajo previo de borrar los grafos de los baños y el posterior de comprar pintura para toda la escuela.​​
​Al abandonar la oficina de la directora, mi padre no dijo nada. Salimos juntos a la calle; él entró a su auto encabronado y arrancó de un acelerón; yo volví a casa en pesero. Mi ansiedad duró horas; sabía que me esperaba la cagada de mi vida: chingadazos con el cinturón, bien merecidos; jalones de greñas, de patillas, que iban a sacarme lágrimas; nudillos rebotados de mis parietales. Pero no; en vez de eso, mi padre me entregó una tarta. Volvió del trabajo con un postre del tamaño de un pastel. Lo llevaba cargado en una palma. Me dio un abrazo y luego la tarta. Me dijo que me amaba. No supe qué hacer, qué contestar. Nobleza oblicua, huelga decir. Una de las noches de mis días de expulsión, estando en familia y a altas horas de la noche, hice una sugerencia estrafalaria, solo porque sí, porque sonaba loco, porque sería emocionante. Porque vi una foto en la pared. Luego de cuatro horas de sueño, mi padre fue a mi cama a despertarme y aventó sobre mis pies la Guía Roji que guardaba en la guantera del coche. Vas de copiloto, dijo. Salimos de madrugada rumbo a la costa del Pacífico y al llegar nos retratamos todos en el balcón de una habitación de hotel. Yo estaba al lado de mi padre. La brisa ardía. Fe de erratas, fe en las ratas, felonía: llevaba puesta mi pijama, una playera del PRI que, en su momento, aunque jamás la usó, fue de mi padre. Años después, al ver la foto y recordar lo del incidente de Magnolia, sentiría tal vergüenza, tal fastidio ante mi falta de coherencia, que sustraería del álbum familiar aquella foto y, como un poseso, la haría añicos.​
​Ahora me arrepiento. Da igual lo del Partido de la Revolución de la Ignominia. Estábamos sonriendo, juntos. Por primera vez en varios años, y sobre todo por primera vez en aquel tiempo, sentí algo que no supe identificar. Lo sé hoy: era paz. En ese viaje decidí que cambiaría, que no era justo que mi padre soportara tantas penas y pesares por mi culpa. Que iba a salvar el año escolar. Que, si bien no lograba hacerlo sentir orgulloso, no iba, ya no, a abrumarlo con problemas; no importaba si mi popularidad a-f-r-o-d-i-s-í-a-c-a, pero hueca e insustancial, desaparecía. ¿Era eso? En parte sí. Me costó mucho darme cuenta cabal y precisa veinte años después: lo único que deseaba era ocultar, con una actitud osada y desafiante, el hecho de que mi madre hubiera optado por hacer su vida al lado de su amante en vez de escoger a su familia. Allí están sus cosas. Pueden venir a visitarme. Si quieren. Rabia y felicidad. Tenía ocho años. Cuando preguntaron en la escuela por mi madre, yo empecé a comer hormigas. Cuando volvieron a preguntar, respondí con puños. Y comencé a bailar cuando insistieron, y a hacer así, asá, y lo demás, para bien y para mal, llegó solito. Con todo, antes de tocar fondo, antes de probar el verdadero limo, salvé el año escolar; en tercero de secundaria fui el mejor promedio del salón y uno de los seis integrantes de la generación en entrar al bachillerato de mayor prestigio de ese entonces, el cual formaba parte de la que mi padre llamaba siempre con orgullo la Máxima Casa de Estudios, su alma mater.​
​ La última tarde, antes de volver a casa, me quedé parado en la playa mirando el Morro, una soberbia masa pétrea por encima del mar. Las olas chocaban contra mis rodillas. Sentí el impulso apremiante de nadar hasta allá.​
​—¿Chape? —dijo mi padre atrás de mí, no muy lejos, y me dio alcance. Nos quedamos largo rato mirando el gran molar de piedra, en silencio.​
​—Arriba y adelante —dije. Mi padre me miró fijamente y soltó una risa leve que era, sobre todo, más aire que sonido. Volvió a fijar su vista en la roca. Pasó, luego de un rato, su antebrazo por mi nuca.​
​—Arriba y adelante —dijo.

El vuelo de regreso fue tranquilo. La mañana siguiente despedacé con mis uñas cuajos de costra aferrados a mis párpados y descubrí que mi visión era de nuevo nítida. Volví al trabajo un día después; charlé con mis compañeros sobre peces coloridos, comida insípida, y algo mencioné a propósito de mis pupilas, sanguinolentas, estropeadas por la luz y el cloro, capaces de advertir y apreciar por unas horas, sin embargo, el nimbo de los futuros santos. También les dije que la nota sobre el Nobel de Literatura estaba lista. O casi lista.  Que la tenía escrita en papel. Que a más tardar en dos días tendrían mi texto en sus bandejas de entrada. ​
​Antes de salir del trabajo recibí un mensaje de Morrasplainer: «Binbonchitas y yo pasamos a la casa de tu papá. Ven, te esperamos para tomar café».​
​Cuando entré al comedor y vi a Morrasplainer repartir naipes sobre la mesa, recordé que más de veinte años atrás, mientras jugábamos baraja mi padre, mi hermana, mi abuela, mi primo Pedro y yo, sugerí, porque alcé la vista y vi en un calendario de la pared la fotografía de un peñasco en el mar, que hiciéramos un viaje a Acapulco.​
​Me dieron ganas de mandar el trabajo a la chingada. De subir al auto a Morrasplainer, Binbonchitas y mi padre y conducir hasta Guatemala.​
​Nos despedimos. Manejé lento. Respiraba agitadamente; la mano derecha me temblaba al hacer los cambios de velocidad. A una cuadra de la casa, frené quedito sin hacer alto total. Quise meter primera, dar el volantazo y acelerar muy cabrón hacia la carretera. Tomé la palanca y... nada: permanecí en segunda, doblé despacio en la esquina hasta que el auto se detuvo. Me di cuenta de que no era más un pedazo de maíz informe, duro, lacerante en el picor, sino, en realidad, un chilaquil gentrificado, isosélico, regular, suave, sin quemazón: uno, al fin de cuentas, preocupado por el paladar de quien lo elige. Me fui a la cama con la ropa puesta. Dormí con frío.​
​La mañana siguiente, al despertar, me senté en el sillón de la sala y revisé mi cuaderno de viaje. En la mesa, frente a mí, como cada día, Morrasplainer daba su clase virtual de inglés.​
​—No le entiendo nada —dije.​
​—¿De qué hablas? —inquirió.​
​—De mi nota sobre Korz... Karzn... Karzanobel.​
​—So, who would you have wanted to win? —the mentor said, pero no aguardó a mi respuesta porque me hizo señas para que volteara a mirar a nuestra hija.​
​En el suelo, sobre su tapete de animales del bosque, Binbonchitas sostenía un libro y le contaba cosas a su osito de peluche.​
​—Le está leyendo un cuento a este cabrón —the mentor whispered—. ¿Cómo se va a llamar?​
​No lo pensé un segundo:​
​—Coronelísimo Pringles —dije.​
​Y la madre de la pequeña lectora no sospechó que aquella era, de hecho, una declaración solemne. Algo muy profundo que no aludía estrictamente a ningún sitio, sino más bien a un sentimiento de genuina alegría; uno que, expresado de otro modo, solo diría: gracias por estar aquí, gracias por ser parte de mi vida.