Mentirijillas
de Adrián Eleuteri
Morrasplainer no cede a los pequeños berrinches de Binbonchitas y, aunque en principio estoy de acuerdo, le digo que le haga caso, que atesore, incluso, esos instantes disonantes y rebeldes que demandan su atención, porque en algún momento, no tan lejano, será la pequeña quien la rechazará. Quien nos rechazará.
De bebé, mis cachetes eran rojizos y voluptuosos. Un cachetón con chapas. Algunos familiares trataron de llamarme toscamente Cachetes; otros, de manera más sutil —colorida, es verdad, pero insípida—: Chapitas. Mi padre lanzó la solución: Chapetes. Punto. Y no permitió que nadie me llamara de otra forma, salvo por su rotundo y aprobado hipocorístico: Chap. Una tía, en mi pubertad, intentó que mis primos me llamaran por mi nombre de pila «para no avergonzarme». Me negué. A la fecha, en mi fuero interno, yo soy El Chapetes. Chap. No sucede lo mismo con mi hija mayor.
Cuando salió del hospital de recién nacida y la acosté por primera vez en su cuna, no sé por qué, una tonadita adornada de palabras salió de mi boca: La Be-be-tuá. La Be-betuá. La Bebetuá. Y así le dije siempre. Ya no le gusta. Tiene un año menos que yo cuando mi tía intentó cambiarme el nombre y prefiere pasar más tiempo a solas que conmigo. Cumplió ya diez y me dice que, si se trata de charlar y reflexionar, elige lo segundo, pensar en las cosas que están bien y mal en el planeta, o bien, conversar con ella misma. Y dibujar, dibujar mucho. Por eso la invité a la presentación de ese libro-cómic, Mentiras que me dijeron de morrito, de Gnomariana y Julian Van Bores. Dijo que tal vez iría o tal vez no porque deseaba estar sola y concentrarse en dibujar su propia novela gráfica, que ya está muy avanzada, y que ya no le llamara Bebetuá.
—Está bien, Bebetuá. ¡Perdón! Como usted diga, joven niña madura de mi sangre, de mi corazón, de mis entrañas…
—Ah… perdona, no soy de tus entrañas, soy de las entrañas de mi mamá.
—Por supuesto… ¡que no!, tú naciste de mi panza, tengo la prueba en mi propia piel…
—Esa cicatriz es por la operación de tu apéndice, ya no me creo lo que dices. ¿Sabes qué?, eres un caso imposible. Adiós.
—Bebetuá…
Asistí sólo a la presentación. El cómic es una colección de mentirillas blancas que algunos padres le dijeron a sus hijos de pequeños, como la que yo le dije a mi hija de muy niña. No quise decirle en ese entonces que un pedazo minúsculo de tripa se hizo gigante y estalló e infectó mi sangre al grado de volverla morada, ni que la inflamación de mi vientre era tal que, al abrirlo con bisturí, los intestinos salieron expulsados con fuerza a la mesa y los cirujanos tuvieron que cortarme varios metros de carne y luego llevarme a terapia intensiva y conectarme a varios artilugios para mantenerme con vida. No, en vez de eso le dije que ella, pequeña curiosa, había nacido de mi panza, y que el nuestro era el único caso así registrado por la ciencia en la historia de la humanidad.
Salí abrumado de la presentación. La pierna me dolía horrores. Conduje hasta el gimnasio tratando de traer al presente las mentiras blancas que me dijeron mis padres cuando niño. No encontré ninguna. Por el contrario, recordé las veces que mi madre reunía a sus hermanas en la casa de sus padres y las sentaba alrededor de mí para que yo les explicara con lujo de detalle cómo se procreaba un nuevo ser humano. Mis tías enrojecían de vergüenza y se reían y secreteaban y mi madre decía, entre fascinada y quejumbrosa, «es lo que le enseña Mario». Ahora que lo pienso, cuando mi padre salía de viaje y mi hermana y yo veíamos un avión pasar por encima de la casa, lo saludábamos con entusiasmo y lo perseguíamos corriendo por la calle hasta que el avión se perdía en las nubes y, cuando mi padre volvía a casa días más tarde, lo primero que le decíamos era que lo habíamos visto en el cielo y que lo saludamos. Mi padre se sorprendía y se ponía a reflexionar, y respondía que no nos había visto, que para la otra saltáramos, que gritáramos más fuerte.
Me destrocé las piernas con pesos abominables y abandoné lo que en el gimnasio se denomina corazón en griego porque mi rodilla se desligó y los huesos se me fueron chuecos. Terminé en el suelo sin que nadie me viera y, a decir verdad, allí me hubiera quedado un largo, largo rato de no haber sido por la canción de fondo. Era una mujer que le cantaba a un varón, y elogiaba acompasada en esa melodía sus ojos, decía querer, sin más, libar su miembro viril, eso sí, con sobrado respeto, y esperaba que aquello al cortejado no le enfadara. Quise salir de allí cuanto antes, me incorporé en un solo pie, me volví a encajar la rodilla al tiempo que liberé un quejido horrible y me marché del lugar. Sexualidad explícita, rimas torpes y un jingle infeccioso que, por desgracia, habría de hacer mella en mi garganta dentro de poco. Por un momento, me sentí una de mis tías.
Crucé la calle despacito y toqué el portón, una voz femenina demandó la contraseña. Yo dije, de corrido: Carles li reis, nostre emperere magnes set anz tuz pleins ad estet en Espaigne. Aquella chica respondió ¿qué? , y otra mujer balbuceó al unísono Es ese tipo raro. En consiguiente, declaré: La Chanson de Roland. Y una de ellas gritó casi ¿¡Qué putas madres!? Vociferé entonces, medio entonado, Reggaetón champagne… y agregué: pam-pam-pam, pam, pam. Cruce los brazos. No se sabe su número de cliente, afirmó alguna de ellas, pagó el año completo, déjalo pasar. Subí cojeando al Bar Bitúrico y le dije al barista: Rubenson, sírveme una copa, la que sea. Rubenson me barrió con la mirada y me llevó un vaso con proteína de «carne vegetal». Carne de chapulín, aclaró. Sabía bien feo. Tan feo que huí de mi paladar y me escondí en mi mente no sé cuánto rato. ¿Te sientes bien?, preguntó Rubenson. La langosta se ha posado, musité. ¿Cómo dices?, dijo Rubenson. La langosta se ha posado, Rubenson, el rancio ruido ruge, dije, nunca, nada, nadie, Rubenson, Nadie, nada, nunca. Quiero decir: ¡tracas!, hijos… de… Sánchez.
Rubenson guardó silencio e hizo bien en darse la vuelta y dejarme solo. Saqué entonces mi cuaderno, una Bic y me puse a escribir un catálogo de mentiras blancas de las cuales hablarle a Pat, mi editor, para formar con ellas una columna de viernes verdadera y respetable. De las varias que di cuenta en papel, no taché las que ya mismo detallo:
CREER. De niños, uno de mis primos y yo fuimos inseparables. Él se metía en muchos problemas en la escuela y con sus vecinos. Cuando su padre lo reprendía, mi primo le cantaba una canción que aludía a su respetable oficio: Zapatero, zapatero, zapatero remendón. Era severo en sus burlas. Una vez le pregunté por qué trataba así a su papá. Con orgullo, me lo confesó: Ese no es mi papá. Mi papá vive en Estados Unidos. No me lo pude creer. En serio, aseguró, hasta sale en los periódicos. Mi mamá los guarda. Te los enseño si quieres. Se echó a correr y volvió con un bulto. En cada una de las primeras planas y hojas sueltas de los diarios, de traje y con una sonrisa apaciguada y coquetona, aparecía el mismo hombre. Él es mi papá,dijo mi primo, serio y altivo. ¡¿Quién te dijo semejante tontería, Pedro?! ¡Tu papá soy yo!, arremetió mi tío, el falso padre de mi primo, que había escuchado la confidencia de su hijastro en silencio detrás de una máquina de lustrar zapatos. Y mi primo dijo que su mamá se lo había dicho, entonó la canción del zapatero, del zapatero remendón, y echó a correr. No me quedó otra que hacerle segunda en la carrera. La mañana siguiente, en la escuela, mi primo me dijo muy dolido que mis tíos habían discutido muy fuerte (lo cual no le importó) y luego hablado con él (allí el gran quiebre) para hacerle saber que lo del otro padre era una mentirita de su mamá, un deseo inocente nada más, porque así como hay señoras que fantasean con que los padres de sus hijos son cantantes famosos, mi tía, la hermana de mi madre, se permitía contarle a su hijo que su papá era el hombre más guapo del mundo, Bill Clinton, presidente de los Estados Unidos.
ORAR. Conocí a una niña Bebetuá y de verdad era muy tuá. Las veces que veíamos películas, preparábamos palomitas y nos reíamos muchísimo. Una vez, cuando creció un poquito más y pudo hablar, me preguntó qué cosa era eso tan sabroso, y yo le dije, así, sin pensarlo, sólo porque sí (a lo mejor porque su sabor era celestial): «popó de ángel». Desde entonces y por vasto tiempo, antes de ver películas, esa niña llamada Bebetuá demandaba preparar «popó de ángel», y todo seguía siendo tuá y de verdad muy tuá, y cada vez, de hecho, mil trescientas ventiséis veces más tuá. Cuando la bisabuela enfermó de los recuerdos, esa niñita Bebetuá me ayudó a cuidarla. Y yo sentía que la guiaba bien. Una vez me preguntó: ¿Por qué la bisabuelita Chuy le pone vestiditos a todas las cosas de la casa?: a la televisión, al teléfono, a la licuadora, a las mesitas, a los muñecos de la pared, a las almohadas… Respondí que a los viejitos no les gusta el polvo y que esos vestidos eran cubrepolvos. Ah, y que los muñecos de la pared eran los héroes de un novelón, santos, mamás que eran la misma y otros amigos de Dios. Una tarde entré al cuarto de mi abuela y la encontré sentada frente a la televisión, una película de animación en 3D estaba en pausa. Me alarmé porque no encontré a la niña Bebetuá por ningún lado y la bisabuelita Chuy sólo hacía gestos y decía ¿qué niña? Sabrá Dios, hijo. ¿Qué niña? Desesperado, bajé a la sala y encontré arrodillada a una niñita Bebetuá, con las palmas unidas y los ojos cerrados frente a la estatuilla de un ángel colgado a la pared, cubierto por una tela que parecía falda. Estaba orando, la escuché. Le pedía al ángel popó, su popó, popó de ángel para ver a gusto una película con la bisabuelita Chuy. Mentiría si digo que no me conmoví, que no quise llorar tantito. ¿Sabes una cosa?, sólo tú y yo somos tuá, comentó un día que fuimos a la tienda. ¿Y qué es lo tuá?, pregunté. Lo divertido, respondió. Y dijo que a partir de ahora y para siempre iba a llamarme Papatuá.
LUCHAR. Esta es la historia de Junior y Mami. Junior tiene todo lo material en la vida porque Mami se lo ha dado. Los negocios de Mami son prósperos, van bien, muy bien. A Junior le gusta el fútbol, pero le cansa; los autos lujosos, pero le aburren; las mujeres de una noche, de una semana, de un mes, pero le hartan y, en la mayoría de los casos, debe pagar por su compañía. Junior hace migas con emprendedores en establecimientos diurnos de buena fama, es así como conoce a Stacy. Stacy Malibú, como su nombre echa de ver, es un hombre, un empresario, además, muy respetado, y se dedica a la venta de nieve (no en carritos, desde luego; él surte los carritos). Junior y Stacy Malibú se hacen amigos, el hijo de Mami es un buen cliente y, en cierta ocasión, le hace un pedido grande a Stacy, vamos, de verdad gigante. Y eso es todo lo que se sabe por un rato ya que Junior desaparece sin dejar rastro. Mami se preocupa sobremanera y descubre que la última vez que se le vio, Junior salió a una cita romántica con una chica. Esa chica, según las indagatorias personalísimas de Mami, pertenece a una banda de gente mala. Mala. De verdad mala. No hubo interés romántico: la chica y sus secuaces raptaron a Junior porque sabían que Mami tenía mucho dinero. El inmenso amor maternal mueve a Mami, claro que sí, y lo que no hacen las autoridades lo hace ella. De la noche a la mañana una constelación de fotitos de los secuestradores aparece por cada rincón de la ciudad. La banda cae, es enjuiciada, a todos los refunden en la cárcel y eso es gracias al gran valor y gran coraje de Mami, un verdadero ejemplo de amor y valentía. Junior no volverá porque fue despedazado y arrojado a un río. Ni modo. Mami ya es una celebridad, hasta es amiga del presidente de la república, de quien recibe nada más y nada menos que el Premio Nacional de Derechos Humanos. Y todo aquel dolor debió no ser. No ser o desaparecer. Sucede, sin embargo, que una abogada toma la defensa de los acusados, lee el expediente durante semanas y descubre montones de inconsistencias, tantas, que pone en tela de duda la versión oficial del secuestro. Las evidencias dicen que Mami se lo inventó todo. Pero… ¿por qué? Cuando la abogada expone la farsa de Mami ante los tribunales, recibe feroces amenazas de diversos mandaderos de Mami, incluso del litigante que defiende la versión (representada por Mami con euforia) de Junior hecho cachos. Mami se siente expuesta, la abogada ha llevado a cabo un trabajo más que fino, es hora, otra vez, de mover el engranaje y triturar, porque contra el amor de una madre: nada, sencillamente nada. Primero, una llamada telefónica intimidante; luego, las apersonaciones, las advertencias a punta de pistola y, más tarde, una orden de aprensión. A la abogada la detienen y la conducen a un centro de arraigo, del que después, sin papel mediante, quieren sacarla para matarla en el camino. Por suerte, el director del penal se opone. ¿Qué es lo que Mami se esmera tanto en esconder? A Junior. A Junuior y algo más. Luego de su muerte, Junior se pone en contacto con una ex novia, salen incluso, se ven en un centro comercial y platican. Junior debe marcharse del país a petición de Mami, pues se ha metido en un problema grande. Ya se cansó, ya se aburrió, ya se hartó del encierro y ha decidido salir a dar la vuelta; no obstante, ha de ser cauto: Stacy Malibú, no debe saber que está vivo y mucho menos de paseo. Por eso Mami armó toda esa farsa, para proteger a su hijo de la venganza de Stacy tras el distraído hurto de Junior. ¿Era necesaria la saña, la destrucción de tantas vidas? Eso, primero, lo hizo por placer. Luego, para obtener más fama, reconocimiento, dinero, poder. Cuando la mentira fue insostenible, Mami fingió su propia muerte.
Yo conocí a la abogada que se enfrentó con vehemencia a Mami. Estreché sus manos y la miré a los ojos sin soltarlas. Sus palmas eran cálidas, sus ojos brillaban. Gracias, le dije, por defender a las víctimas de aquella criminal, por el coraje de luchar contra los poderosos. Gracias por el valor de enfrentar a la despreciable Isabel Miranda de Wallace, torturadora de inocentes. Su respuesta, instantánea, no meditada, me hizo sonreír con emoción, y jamás voy a olvidarla:
—Para eso es la juventud.
Cerré mi cuaderno de un manotazo, le pagué a Rubenson el trago de grillos licuados y me fui de allí. Desde la terraza del Bar Bitúrico, por tres segundos, quietos y lúcidos, miré una postal de cerros negros desafiantes curtidos por las eras. Algo me ardió en el corazón. La pierna me dolía. Bajé despacio las escaleras y caminé hacia el auto. Le di marcha pero no arranqué, me quedé allí, con las manos al volante, mirando una pared pero atendiendo, en realidad, la dolencia ambivalente de un recuerdo. Una mentira (¿maternal?) fue capaz de fracturar destinos, familias, vidas. Una mentira (¿celestial?) culminó en burlas en un salón de clases. Una mentira (¿parental?) devino en crisis matrimonial. Junior no fue descuartizado. El maíz palomero no es mierda de ángel. Mi tía jamás tuvo un affair con el presidente de los Estados Unidos (ah… la atracción por los políticos, me avergüenza ventilarlo, es un asunto de familia; de aquel enamoramiento superficial —pero real y de tan real abrasador— brotó el llanto inconsolable de mi madre, rodeada por sus padres y hermanas, al colgar el teléfono una noche).
Si la conspiración fue cierta, ¿qué vio mi padre entre los cerros tantos años antes?
Ya estábamos dormidos. Eran las primeras de la madrugada. Fueron a soltar de manotazos a la puerta. Mi padre se levantó alarmado, dijeron que ya habían agarrado a esa chingadera, allá, a la vuelta, por la vereda de la casa del tío Eusebio, más arriba, donde los árboles espesos, y que estaba muy cabrona, que no se dejaba matar. Pónganse atentos, nos dijo mi padre a mi hermana y a mí, y a mi madre le dijo que cerrara bien la puerta. Se puso sus botas, que tenían cadenas y eran de piel dura, y salió corriendo a darles alcance a los demás. Se oía un ruidal, gritos fuertes y las vecinas salían de las casas y apuntaban al cielo. Puros hombres agarraron para la vereda donde estaba la casa de mi tía Rosa y su esposo Eusebio, que era albañil y gallero, y se metieron donde ya no había camino. Unos iban asustados y otros enojados por lo de sus burros y sus perros. Lo sé porque lo vi y porque también a mí me dio tristeza. Cuando crecí supe que ese cerro era un mirador de los mexicas; más tarde, que hasta allá fueron a esconderse los pocos cristeros de la capital porque el jefe máximo fue despiadado y vil en sus dominios. Una estrella de la Época de Oro del cine mexicano se hizo de ese y otros cerros para construir un rancho, mandó a alzar una puerta de hierro en la entrada y luego, a saber por qué, sin edificar nada, lo abandonó. Mi padre compró un pedazo de esos montes cuando se casó y le pagó a Eusebio para que construyera nuestra casa. No teníamos, por supuesto, servicio de drenaje, ni de energía eléctrica. Pero el agua se juntaba; era un manantial quietesito más allá del terreno de Eusebio, donde los gallos se mataban a navajazos y hacía frío y ya no había casas. Fue siempre necesario acarrearla en botes a lo largo de varios viajes para llenar un solo tambo. Por eso los aguamieleros aprovecharon para hacer viajes de agua en sus burros hasta llenar los tambos de las casas. La nuestra tenía dos. También un gran maguey en el centro del terreno. Mi padre le daba permiso de raspar ese maguey a un acomedido que se decía directo descendiente de Zapata. Cuando el nieto del revolucionario andaba muy borracho y se desaparecía por días, su burrita llegaba sola al terreno y bebía de nuestros tambos y allí se quedaba mucho tiempo, días a veces, y en ocasiones semanas y fracción. Me gustaba acariciar su panza. Su cabeza. Poner mis manos en su nariz y sentir su resollar caliente. Y parecía que sonreía. Sus ojos semejantes a ciruelas eran negros como los capulines. Mi padre me subía a su lomo un ratito y me bajaba, le daba miedo que me diera una coz, decía que un mal golpe podía quebrarme una pierna o dejarme sin hijos, y enseguida procedía a hablarme de músculos, órganos y células. Cuando mi padre salía de viaje, mi hermana y yo montábamos a la burrita y dábamos vueltas por el terreno de la casa, a veces veíamos pasar a mi papá en el cielo y lo saludábamos, nos poníamos a gritar mucho y la burrita a rebuznar y mi madre se enojaba y aseguraba que nos iba a dar unos fregadazos, así decía, unos fregadazos, pero no la burrita, sino ella, por no hacerle caso y por andar oliendo a mugre. Y se quejaba de Atilito, el Atilito no del Sur, sino de ese mugre cerro lodoso, porque ya se había desentendido de la burra, que parecía que no era suya sino nuestra, y que había ya mordisqueado todo el pasto de la casa, todas las plantas, y se había comido la jacaranda que sembramos mi papá y yo. Una mañana desperté y fui a buscar a la burra al lado de los tambos, porque ese era su lugar favorito y allí se echaba y se dormía. No la encontré. Ya no la volví a ver. Arriba de la casa del terreno de José, Peluche, su perro, encontró un burro tumbado y sin piel. Despellejado totalmente, respiraba todavía. Lo que le dijo mi tío José a mi padre y luego a los vecinos en una junta fue que una cosa también rara era el hecho de que no estuviera salpicada nada de sangre al rededor del burro, y que el animal no se quejara, que no hubiera despertado a todos a pinches chillidos cuando le estaban haciendo la maldad, ¿y en qué momento? Le pregunté a mi padre si el burro del terreno de arriba de la casa del tío José y mi tía Alicia era mi burrita y mi padre dijo que no, que tuviera mucho cuidado cuando jugara, que no saliera de la casa, que la burra ya iba a llegar sola, que había gente maldita en el mundo, que si veía que se querían llevar a los animales me escondiera y luego le avisara a él, o si estaba de viaje a mi mamá o a su compadre José, pero que no fuera a querer detenerlos. Con los perros fue otra cosa, empezaron a aparecer partidos por la mitad y con las vísceras regadas. El tío José apretó un puño de tierra y se puso a chillar y despertó a mi tía Alicia, y mi tía Alicia, sin que José la mandara, fue a despertar a gritos a mi mamá para que mi papá le ayudara a José a enterrar al Peluche antes de que se despertara Pepe, mi primo, porque le habían hecho al animalito un mal que Dios no podía perdonar. Del apuro, mi papá olvidó su pala en la puerta y yo se la llevé arrastrando porque estaba muy pesada. La lengua de Peluche era más larga de lo normal; sus ojos, como nubes cargadas de tormenta, pero secas. Le pregunté a mi papá cómo podíamos ser tan feos por dentro —se me hizo extraño que las tripas no fueran de colores, como en su enciclopedia— y mi papá me respondió con una cita de Cicerón sobre la virtud y el alma. Ya casi no había animales en los cerros. Por eso fueron José, Eusebio y otros hombres a pegar de manotazos a la puerta de la casa. Y lo sé porque yo me desperté y los vi; no le hice caso a mi madre y me salí a buscar a mi papá porque ya había pasado mucho tiempo y no volvía y yo sentía que algo le iba a suceder; y vi a las señoras en la calle apuntando para arriba y vi las luces de Navidad en el cielo, y me eché a correr a la vereda de la casa de Eusebio. Muchos hombres andaban corriendo con machetes. Uno de ellos me detuvo y me dijo vete pa´tu casa, niño, y como no le hice caso me empujó del hombro y me tiró, y cuando me levanté me dijo quédate ái, niño, no vayas pa’llá que es peligroso, y se fue a prisa con rumbo a la vereda de la casa de Eusebio con una piedra grande en la mano. Un señor que venía de regreso me dijo qué haces allí y yo le dije que buscando a mi papá. A tu papá ya lo mataron, me dijo, y se carcajeó y se fue corriendo. Me eché a llorar, y no de una manera calmada sino escandalosa. Me quise abrir el pecho de la desesperación, me rasguñé el cuello y me puse a arañar la tierra. Entonces vi los casquillos puntiagudos de unas botas con protuberancias y cadenas frente a mí. ¿Qué pasa, mi Chapetes?, dijo mi padre y yo lo abracé fuerte y mucho. Llevaba, mi papá, una chamarra gris, como de Robocop, y un sombrero de capitán de avión. ¿Quién fue?, dijo mi padre enojado de verdad cuando le conté: Ah… qué.. poco… cabrón ese cabrón. Vámonos. Y nos volvimos a la casa, mi padre dijo corre, corre y yo le dije mira, las estrellas se mueven, y mi padre dijo no mires, no mires, córrele, piensa en amor, piensa en bondad. Y lo le dije estoy pensando en mi burrita, y mi padre dijo no, no pienses en ese animal, no pienses en nada, Chapetes, corre, métete a la casa, corre. Una camioneta de un programa de televisión subía por el camino y, justo cuando íbamos pasando, un carro militar le dio alcance y ya no los dejó avanzar. Chapetes, dijo mi padre, no te detengas, no mires, avanza. Entramos al terreno y volví a ver el cielo. Mi madre me metió de un jalón y me regañó. Las estrellas se mueven, le dije. No digas tonterías, dijo mi madre. ¿Qué, en serio no has visto, no te haz asomado?, dijo mi padre, el Chapetes tiene razón, sal, asómate, ve a mirar. Ni que fuera yo chismosa, dijo mi madre, ¿qué pasó? Y yo pregunté si habían encontrado a la burrita. Tú otra vez con esa mugre burra, dijo mi madre, ya vete a dormir. No, no, no, era otra cosa, dijo mi padre. ¿’Tons qué chingados?, dijo mi mamá, y mi papá respaondió que no sabía. Que no sabía, pero que los soldados ya venían a matarla. O a llevársela. Nos recuerdo sentados alrededor del comedor, serios, sin decir nada por un largo rato luego de eso. Mi madre encabronada, de brazos cruzados. Mi hermana adormilada, tallándose los ojos entre bostezos. Y mi padre con los dedos entrelazados, mirando fijamente al centro de la mesa. Desde la ventana se veían las luces extraviadas de la noche, juntas todas y dubitativas. Mi madre corrió la cortina. Mira nada más a donde nos trajiste a vivir, dijo. Por su cariz cotidiano, en ocasiones la vida no se aprecia en su justa dimensión. Viví de niño en un espacio fundacional levantado entre cerros por un puñado de familias, rodeado de ciruelos, capulines, ocotes y bestias de temperamento noble. Algunas veces la neblina ahogaba los montes; otras, amanecíamos por encima de las nubes. Adquirí conciencia de tanta belleza años después, cuando viví en colonias sin árboles y cuya constante fue siempre el horror, la monótona planicie y el crimen. Así ocurrió con mi padre, pues —me fui dando cuenta— era diferente a mis tíos, a los padres de mis amigos y a la mayoría de los hombres. Tenía una figurilla humana hecha de pedacería de hierro entre sus cosas, un Quijote, y me contaba sus hazañas y desventuras. En honor a la verdad, creo que si me hubiera dado a la tarea de crear en papel el personaje de un padre de familia tan elegante como estrambótico, fracasaría. Aquella fue mi cotidianidad; lo ignoré en su momento, pero estaba ante un personaje de novela y no era el de Cervantes. ¿Nos van a quitar la piel?, pregunté, ¿nos van a sacar las tripas? Mi padre se recostó en la silla, llevaba puestas unas botas lodosas con cadenas hechas de piel de reptil que le regalaron en un viaje, un pantalón de traje formal, una chamarra parecida al torso de Robocop y un sombrero de capitán de avión que le obsequiaron en un vuelo. Serenamente, como si la tormenta incumplida de unos ojos continuara su maravilla oscura en unos labios forasteros, dijo: Nadie puede tocar al hijo del hombre. El que cree en mí, siempre vivirá.
Mientras escribo esto me sorprendo de que mi memoria aflore así de transparente y hago una pausa para enviarle mensajes de voz a mi hermana porque quiero cotejar mis recuerdos con los suyos. Le digo que estoy escribiendo sobre algo que pasó hace mucho tiempo, cuando eramos niños y saludábamos al cielo al ver pasar un avión porque creíamos que allí iba mi papá y podía escucharnos y le daba la vista para mirarnos. Sobre aquella vez, cuando agarraron a la cosa, allá, por el rumbo de la casa del tío Eusebio, cerquita de los árboles espesos, al lado del manantial. Sobre Peluche. Sobre los perros partidos en los terrenos. Sobre los burros sin pellejo, y sobre todo lo demás… Reacciona con corazones a los primeros audios y con caritas de sorpresa a los últimos. Al final me responde con un mensaje de voz: de los saludos delirantes a los aviones, por supuesto que se acuerda; del asunto de los animales tiene claro poco. Respecto a eso, lo que sí recuerda y recuerda bien es el escándalo de aquella noche, el alboroto de los vecinos que supuestamente capturaron a la cosa. Y el reportaje, Chap, cuando vinieron a grabar. Salió en la tele.
Sí, el reportaje fue transmitido, mi hermana lo recuerda y yo también. Luego escribieron personas respetables que nada de eso sucedió, que todo fue mentira, una cortina de humo para cubrir algo aberrante, una culpa del tamaño de un país. Me lo creí. Terminé por creémerlo. Hice a un lado lo que viví esa noche y me ceñí a las abrumadoras evidencias de un hecho fabricado para encubrir otro. No obstante, si así fue…
Como si hubiera dejado de hacerlo no sé cuántos minutos, respiré hondo y me dispuse a maniobrar entre pedales y pedazos de memoria para llegar a casa. Me tomó años relacionar los dos eventos. Si la conspiración resultó cierta, un acto fue consecuencia de otro y el último de estos sólo una muestra de una mentira replicada. Con todo, si esto es así, ¿qué vio entonces mi padre entre los cerros esa noche?
Meses antes había hecho otro de sus viajes por parte de la Secretaría. Mi hermana y yo vimos pasar su avión por encima del terreno de la casa. Dejamos de jugar con la burra y nos salimos a perseguirlo gritando adiós, papá, adiós, hasta que el caminó se acabó y el avión se encajó en las nubes. Mi padre no volvió cuando estaba previsto. Lo esperamos en la casa de mis abuelos (que vivían donde había asfalto, postes de luz y carros) hasta que se hizo tarde. Ya por la noche sonó el teléfono y de inmediato le pasaron el auricular a mi mamá.
—¿Bueno?
Mi hermana estaba arropada en un sillón y ahí, en esa sala, en ese momento, mis tías y mis abuelos se disputaban el control de la radiocasetera para poner a Selena o a Los Tigres del Norte. Apagaron el aparato cuando mi madre contestó y se hizo un silencio tal que la voz agitada de mi padre se escuchó nítida, casi como en altavoz:
—Carmen… mataron al candidato.
Estacioné el auto y cuando abrí la puerta del departamento escuché unos gritos bonitos que no cesaron sino hasta mucho después: ¡Papá! ¡Papá! ¡Papá!.. Un ser pequeñito dobló en la esquina de un cuarto y vino a mi encuentro con los brazos abiertos. La llené de besos. ¡Binbonchitas!, le dije, ¡estás despierta! La más hermosa y la más aterradora mentira me la dijo mi bebé cuando guardó silencio y se llevó las manitas a los ojos. ¿Alssyra?, dije y Binbonchitas negó con la cabeza. Compré la mentirilla porque me dio ternura. ¿Alssyra?, repetí alarmado, ¿dónde está Alssyra?, y me puse a buscarla en la cocina y en la sala. Súbitamente Binbonchitas apartó sus manitas de la cara y dijo en lengua de balbuceos —mis disculpas si traduje mal— ¡aquí estoy! Sobresaltado dije ¡no me espantes!, ¿dónde estabas? Y Binbonchitas volvió a cubrir su rostro con sus manitas y a quedarse quieta. ¿Alssyra?, alcancé a decir, ¿Alssyra?, volví a soltar desesperado y emprendí una nueva búsqueda por la casa hasta que Binbonchitas descubrió su rostro y yo respiré aliviado porque me dejó exhausto su momentánea desaparición.
Cuando Binbonchitas se fue a la cama con Morrasplainer, me arrojé de espaldas al sillón.Tomé mi celular y escribí un mensaje:
Tenías cinco años y ya no querías que leyéramos libros con dibujos. Te dije que escogieras uno de mi librero, el que quisieras, y volviste con un tremendísimo ladrillo que casi no podías cargar: nada más y nada menos que It. Eso, el payaso cabrón (cómo te enojabas si le llamaba así…). Lo leímos juntos durante tres meses y poco más. Eras tú quien me lo llevaba todos los días y algunas noches te dormías abrazada a él. Quizá no lo recuerdas, pero el mundo se estaba yendo al carajo. No me importaba; verte dormida, en paz, tranquila, sonriente a veces, cada mañana, era mi victoria.
Lamento que mis historias te hayan causado malestar de algún modo. No lo sabes, pero, en realidad, no fui yo quien te guiaba todo ese tiempo. Tú me guiabas a mí. Con todo, Lía, y pase lo que pase, no te olvides de la primera página del libro, lo que Stephen King le escribe a sus hijos en la dedicatoria: Niños, la ficción es la verdad que se encuentra dentro de la mentira y la verdad de esta ficción es muy sencilla: la magia existe.
Estaba tan cansado que, para anestesiarme y liberarme del azote de la realidad, me dije una mentira blanca, la última de la noche: que Binbonchitas estaría conmigo toda la vida. Que no iba a aborrecerme. Y la mentira no punzó al clavarse y entró en mi torrente sanguíneo suave, muy suavemente. Por un rato, fui feliz. Mi secreto es que registro el momento, lo revivo, lo dilato, lo potencio y, cuantas veces lea, puedo prolongar lo que le queda a mi desdicha cuando le tumbo, a golpe de memoria y tinta, sus tres primeras letras.