Mapa estelar de una temprana constelación poética
De Adrián Eleuteri
Siempre me han llamado la atención los patrones. Los lazos invisibles. Las extrañas y, en ocasiones, astronómicas coincidencias —¿qué probabilidad hay de que mientras leo una novela de Julián Herbert a mitad de una conferencia, el ponente diga la misma frase que estoy leyendo en ese instante? Dos veces—. No lo sé. Quizá sea algo más común de lo que creo. A lo mejor esas extrañas sincronías le ocurren muy seguido a todos y sólo a mí logran emocionarme más de la cuenta. Me pregunto si se trata de la necesidad de dominar el azar, la antiquísima usanza griega de advertir prodigios en la entropía del firmamento.
Volví del trabajo por la noche hace unos días y Morrasplainer me recibió con una pregunta en apariencia simple y en realidad feroz: “¿Por qué nunca me has escrito un poema?”. Algo en mi conciencia reverberó; creí, de nueva cuenta, advertir un patrón, una constelación de pálpitos en la memoria. Mentalmente, crucé trazos…
Desde niño, el tema de la matanza del ‘68 me interesó mucho. Por eso llegué a La noche de Tlatelolco; leí luego Querido Diego, te abraza Quiela y, poco después, La piel del cielo. De esta triada literaria hablé con su autora la primera vez que le entregué un pedido hasta la puerta de su casa. Pizzero, mi tercer trabajo. 19 años. Todos los repartidores estaban en ruta. Cuando la gerente descansaba, el jefe de piso me dejaba entregar los pedidos en moto. “Es como un coche”, me dijo, “clutch, velocidades, frenos, acelerador, espejos. No necesitas más. O sí: el traje de repartidor. Póntelo.”. Fue lo primero que notó la escritora cuando me abrió la puerta. “Qué bonita chamarra”, dijo, “¡y brilla!”. Tuve la impertinencia de preguntarle qué estaba escribiendo, también la suerte de que me respondiera de buena gana: “Una novela sobre una pintora surrealista, buenaza, una inglesita.”. Del tema de ese libro en ciernes fueron todas nuestras breves pláticas las veces que me tocó disfrazarme de repartidor para entregarle sus pedidos. Hasta que me marché de la pizzería, y de la ciudad. Renuncié a ese empleo, pero no pude abandonar el motociclismo. Se dice que hay dos tipos de biker: los que se han caído y, claro, los que sin mayor remedio van a caerse. Duré poco en el grupo de los salvos aunque condenados y, en consecuencia, aprendí pronto la lección: manejar a la defensiva siempre. Ello, sin embargo —volverme diestro en las maniobras, presto en los reflejos—, no me salvó de la nefasta madrugada. Sucedió en tiempos pandémicos. Me dirigía al trabajo, una camioneta le pegó a la llanta trasera de mi moto y yo derrapé muchos metros sin control sobre mi costado derecho. No me pude levantar porque mi pierna, de la rodilla para abajo, ya no estaba en su lugar. Colgaba, la unía a mi cuerpo nada más la piel.
¿Diagnóstico médico o sentencia?: “Bueno para la vida, malo para la actividad a largo plazo. Gimnasio de por vida.”.
Conozco muchos gimnasios y prefiero visitarlos de madrugada. Al que acudo hoy por hoy tiene tres pisos y una fachada de adobe antiguo. El área de pierna está en el tercer nivel y uno de los salones deja ver por la ventana una colina vieja en cuya espalda hace siglos se asentó un pueblo peculiar. Peculiar porque conserva en su haber palpable, aunque escondido con esmero, un códice y la Merced Real de un Virrey. Un pueblo sometió a otro allí, porque su gente conocía como ninguna el idioma de los pájaros, y los viajeros de otro pueblo allende el mar lo liberaron y aprendieron el idioma de sus hombres, no el de los pájaros porque las aves emprendieron vuelo sin retorno y sólo quedaron en la tierra guajolotes.
Siempre he querido desmayarme en un gimnasio, concretamente en un squat. Luego de la última sentadilla con discos se me nubló la vista y, trastabillando, fui a apoyar la frente contra el vidrio del ventanal. Allí lo vi, un amplio cuarto con terraza en el segundo nivel de una casona. El neón de la palabra BAR titilaba. Guardé mis cosas y en vez de volver a casa decidí cruzar la calle y tocar el portón de ese lugar. Alguien dijo “contraseña” y yo no dije nada. Pensé en la canción All too well de Taylor Swift, en la totalidad de sus estrofas y estribillos que debía recitar si quería pasar al departamento de Morrasplainer. “Contraseña”, repitió alguien y a mí sólo se me ocurrió contestar “Mellon” (porque así respondió Olórin para abrir la puerta de Moria, en élfico, lo cual, se sabe, quiere decir “amigo”). El portón se abrió, poquito. La media boca de una mujer me dijo “¿Si me das la contraseña?”. “Es que no me la sé”, respondí. Su ojo con pastas de rimel abanicó forzadamente en señal de asombro o incredulidad. “Es tu número de cliente”, dijo, “¿vienes de enfrente? Tienes que aprendértelo, ¿ajá? Pasa, por ahí, subiendo las escaleras.”. Llegué, en la pared sólo brillaban los tubos doblados de la palabreja BITÚRICO. Entré al cuarto: una isla en la terraza, extrañamente mucho más amplia en apariencia adentro que afuera. Un individuo en la barra me dijo “¿Qué te ofrezco?” y yo pedí un whisky. “¿Un whisky?”, repitió esa persona y yo dije “puro, sí, tres dedos, seco”. “Amigo, este es un bar fit”, me dijo malhumorado y con razón el cantinero (a cuyo apelativo debo agregar, por respeto, la palabra fit), así que solicité una proteína, la que fuera. Recibí una espumosa mezcla de mora azul con trocitos de galleta, servida en una copa. Ocho dedos o más. Nada mal. El lugar estaba vacío, la luz era amarilla y en las paredes, aquí y allá, colgaban cuadros de bestias colosales, aceitadas todas, viejas glorias de fisicoculturismo en realidad atemporales: Schwarzenegger, Stallone, Wheaters, Neuville, Coleman, Cutler… Falta Mishima, pensé, Mishima en su martirizada pose de San Sebastián. Y falta, sobre todo, con sus cuatro discos, su barra en lo alto, la cara roja y las arracadas puestas, Soraya Jiménez Mendivil. Deseé que Morrasplainer estuviera allí, conmigo, me dieron ganas de contarle cómo me desmadrugué un día de escuela y vi en la tele saltar y saltar a Soraya porque había conquistado el oro en las Olimpiadas de Sydney en el 2000. Apenas unos días atrás, luego de observarme largo rato llenar formularios de Excel y revisar y contestar correos electrónicos sin fin, me dijo: “No me gusta verte así. Mañana mismo te me vas a buscar ese papel de tu papá y te pones a escribir. Renuncias. Yo puedo dar más horas de clase, por lo menos hasta que acabes la novela.”.
“Conozco un puente”, le dije, “como el de Khazad-dûm”, y la llevé a La Cañada, mi bosque de la infancia, mi Tierra Media de la pubertad. Era la tercera vez que nos veíamos. “Este puente lo cruzaron los revolucionarios”, agregué antes de tendernos en las piedras cubiertas de yerba que en antaño vertebraron el río Magdalena. “¿Y como para qué?”, preguntó. “Para darle alcance a mi tatarabuelo. Y matarlo.”. Totalmente desinteresada por mi historia, y sin venir a cuento, dijo que le hiciera un hijo. “Aquí, ahorita”. Un curioso perro interrumpió el acto antes siquiera de empezar, vino a olisquearnos, luego pasó al lado su dueño, un jinete rodeado de borreguitos con cacas duras en el pelambre de sus colas. “Un hijo”, dije. “Sí”, respondió, “que se llame Diego”. “Estás mal”, rebatí, “que se llame Tirone”. Me contradijo, y casi dio al blanco: “Por supuesto que no, es nombre de perro”. “Sí”, dije, “de canino mítico. Así se llamaba, ¿sabes?, nuestro legendario rapero: Tirone José González Orama, Cancerbero”. “No sé de qué hablas”. “Tyrone”, dije, “como el teniente Tyrone Slothrop del Arcoíris de gravedad, del cabroncete de Pynchon”. “¡Jamás!”, respondió Morrasplainer y yo guardé silencio. “Bolaño entonces”, balbucí luego de un rato, serio y solemne, para reforzar la tomadura de pelo, que en el fondo de mi corazón no lo era. No dijo nada, ni siquiera gesticuló. Me di cuenta de que no sabía nada del chileno; era mi deber, en consecuencia, iniciarla en sus Santos Evangelios.
Hasta entonces sus autores favoritos eran Rulfo y Sabato. Por mi cuenta… todas las personas que me rodeaban y con las que tenía contacto ya habían padecido mi calcinante fervor hacia el infrarrealista. L. me dijo una vez: “¿O tu Bolaño o yo?”. Todo, naturalmente, se fue al carajo con L. Con esta chica fue diferente; lo supe luego: las veces que nos separamos, convencidos de no volver a vernos, Morrasplainer robaba libros del Claustro de Sor Juana y de la Biblioteca Vasconcelos y se encerraba por días y días en su departamento para leer todo Bolaño. Lo había hecho antes, aunque para mí: hurtó de la biblioteca del gobernador un libro y me lo regaló la primera Navidad que pasamos juntos. Era El doctor Zhivago de Borís Pasternak, en la edición de Galaxia Gutenberg. Meses después, una tarde, me llamó por teléfono flotando en benzodiacepinas. “Esas escritoras… que dicen que los hombres no… pueden crear personajes femeninos… se equivocan. Bolaño es un gran, gran creador de personajes… femeninos…”. “Te escuchas rara.”. “Te extraño…”. “Ya no me llames por favor.”. “Yo soy Auxilio. Yo soy la pinche Auxilio Lacouture a la verga…”. “No. No eres Auxilio. Ya no me marques.”. Se equivocaba, claro que estaba en un error. No era la Auxilio Lacouture de Los detectives salvajes y Amuleto, era la Bianca de Una novelita lumpen cayendo en el abismo de su propio abismo.
Alcira Soust Scaffo: profesora uruguaya de educación elemental radicada en México por décadas, locutora de Radio UNAM, asistente de Rufino Tamayo en el mural Dualidad, poeta, fundadora del “Jardín Cerrado Emiliano Zapata”, autora de Poesía en armas, traductora de Rimbaud y Éluard, amiga personal de León Felipe, madre de la poesía mexicana, inquilina por una temporada en la casa de la familia de Roberto Bolaño en los ‘70, personaje secundario de Los detectives salvajes y protagonista en Amuleto con el nombre de Auxilio Lacouture. El día que llevé a Morrasplainer al puente de Khazad-dûm me enteré de que se estaba rodando un documental sobre la mujer que sobreviviera once días escondida en un baño de la Facultad de Filosofía y Letras durante la toma de Ciudad Universitaria por el ejército en 1968. Esa noche contacté a su director, Agustín Fernández Gabard, sobrino-nieto de Alcira. Quería saber cuándo se estrenaría la cinta en México, para llevar a Morrasplainer. Luego las benzodiacepinas. Luego la separación. El jugo gástrico del dolor.
No me hizo caso. Maldita sea no podía más no me hizo caso. Volvió a llamar.
Llegué a Vila-Matas vía Bolaño, y gracias al gran Shandy supe del fabuloso escritor Alejandro Espinosa Fuentes, cuya novela Mundo anclado (prologada por el barcelonés) tiene vasos comunicantes con el infrarrealismo. A propósito, vale la pena citar este fragmento:
[…] yo le iba preguntando a Vallejo más sobre los detectives salvajes, le dije que, si me prestaba ese libro, prometía que le iba a devolver los otros 78 libros que me había prestado. Vallejo resopló otra vez y me dijo que no me convenía leer a Bolaño porque iba a arruinar mi escritura. Bolaño, me dijo, hizo el Disney World de los poetas malditos, le dio al mercado masivo algo consumible, y sin querer se chingó a todas las voces peculiares encasillándolas como detectives salvajes.
»¿Qué es Disney?, le pregunté a Vallejo […]. Disney, me dijo, es el monopolio de la imaginación […].
Quien esté familiarizado con el infrarrealismo y lea el libro de Espinosa Fuentes se dará cuenta de que uno de los personajes transitorios de la novela es el poeta Darío Galicia. Eso le dije a Morrasplainer una noche al volver del trabajo. Es Darío Galicia. Este vagabundo políglota que le ha concedido la gracia de dormir solito en un colchón a su peine y se ha besado dulcemente con un estudiante de letras es Darío Galicia, poeta infrarrealista. “Ohhh… maai gaad”, dijo Morrasplainer, “he leído sus poemas; son buenos. ¿Ya acabaste el libro?”. “Hoy lo acabo”, respondí. Aguzó la mirada: “Y… ¿qué te pasó?”. “¿De qué?”, contesté sin pensar. “Tu mensaje de la tarde. ¿Presenciaste historia?”, dijo dibujando una sonrisa. El chiste, que no lo era en realidad, fue mío por algún tiempo, luego pasó a ser de su entera propiedad. Esa mañana amaneció nublado; me abrigué con una gruesa chamarra de cuello alto antes de salir. “¿Qué tienes hoy?”, quiso saber Morrasplainer. “Hoy entrevisto al Chá”, respondí, “presenta un libro”. Hizo un gesto raro y preguntó: “¿Quién?”. “El Chá, un músico”, dije, “hey: el actor que la hace de Benito Castro en la serie de Paco Stanley que vimos.”. “No inventes, sí se parecen.”, dijo Morrasplainer, “el compa sí se la rifó”. Antes de salir de casa me detuvo con un grito: “¡Amor, Amor!: Estás a punto de presenciar historia…”. Sonreí. La calle parecía vacía. Recordé nuestras primeras salidas, la vez que íbamos subiendo por Periférico en autobús y a lo lejos comenzó a alzarse la fachada del restaurante. La miré a los ojos fijamente, la tomé de una mano, la apreté fuerte y, poco antes de pasar frente a El Charco de las ranas, le dije: “Estás a punto de presenciar historia.”. Sentado ya en el autobús saqué la novela de Espinosa Fuentes y me fui leyendo. En el metro Copilco iba leyendo y en la estación Miguel Ángel de Quevedo seguía leyendo. Subí las escaleras de mármol leyendo. Leyendo subí las segundas escaleras, leyendo pasé a un costado de El Portón y leyendo, también, crucé el estacionamiento de Walmart hasta pisar Paseo del Río (próximo epicentro, piedras y pasos que perviven, plétora de prosa prístina). A pocos metros de la Gandhi, justo al doblar a la izquierda en la avenida Miguel Ángel de Quevedo, llegué al último párrafo de la página 159. Dice así:
«Como acordamos, di la vuelta en la calle Paseo del Río para salir a Miguel Ángel de Quevedo y ahí se subieron Vallejo y Areúsa.».
No lo sé. A lo mejor esas extrañas sincronías le ocurren muy seguido a todos y sólo a mí logran emocionarme más de la cuenta. Me pregunto si se trata de la necesidad de dominar el azar, la antiquísima usanza griega de advertir prodigios en la entropía del firmamento, ahí donde probablemente no hay sino caos ciego y ese caos y su ceguera no significan cosa alguna.
Me recorrió un leve escalofrío, le mandé un mensaje a Morrasplainer y sonreí.
“Me acaba de suceder algo extrañísimo. Te cuento en la noche.”.
Entré a la librería, caminé hasta el área de música, tomé Sonidos de México, el libro en el que participó Chá, tomé el elevador y continué mi lectura de la novela de Espinosa. Las puertas se abrieron, di un paso afuera sin mirar y, por continuar anclado en la mente a un mundo pétreo, casi tumbo a una honorable nonagenaria. Me detuve a tiempo, casi sudando frío. “Me gusta tu chamarra”, dijo, “ese cuello se ve elegante.”. Ya había sido, dieciséis años atrás, receptor de un elogio similar debido a mi indumentaria y ese cumplido me lo acababa de hacer la misma mujer. ¿Y qué si la hubiera derribado? ¿Y qué si hubiera mandado al hospital a nuestra Premio Cervantes? Es verdad que por mi espalda transpiré sudor helado. Y es verdad, también, que me inundó una suerte de cariño profundo luego de quedarme ahí, mirando cómo se dirigía esa mujer hacia otro lado de la librería, despacio, muy despacio. Subí las escaleras que dan al foro del tercer piso y la seguí mirando, parado a mitad de camino. Decidí que no la importunaría con mi memoria, que no era necesario verbalizar algo que, con toda seguridad, sólo me interesaba a mí.
Querida Elena, abrazarla quiero.
Brillante y auténtico, así me pareció Javier “El Chá” Ramírez. Lamenté no llevar conmigo el Greatest Hits de Moderatto que me regaló mi padre en el 2005 y que pronto pasó a ser de él, o de su auto, porque fue uno de los últimos discos que escuchamos en nuestros viajes de carretera y su lugar fue ya para siempre el de la consola central del coche. Abrí la puerta del foro y todavía no había público. Busqué con la mirada a mi antigua interlocutora, pero desistí casi al instante porque advertí en una banca la presencia de un tipo de cabello largo, barba y lentes. Vamos, no era una calca, sino el modelo original del estampado en la solapa de Mundo anclado. Me acerqué a estrechar su mano. “¿Vienes a la presentación?”. Dijo que sí, que al parecer era el primero, que había llegado muy temprano. “Estoy leyendo tu novela”, dije abruptamente. “¿Sabes?, voy en la parte del auto de Bazán…”. “Oh, aquí en Chimalistac”, dijo, “la universidad… el sur… esta librería… he estado tantas veces aquí, es como mi casa.”. “Iba leyendo”, dije, “caminando, sobre Paseo del Río…”. “Aquí al ladito”, comentó Alejandro. “Justo”, precisé; “doblé en Miguel Ángel de Quevedo y llegué, en ese momento, a la parte en la que Julián da la vuelta en Paseo del Río para salir a Miguel Ángel de Quevedo.”. No recuerdo qué me respondió el autor de esa novela que ya anclada para siempre a mis sentimientos salvajes de lector. Y quizá no lo recuerdo porque al declarar lo sucedido mis pensamientos volvieron a transformarse en absoluto asombro. O porque la noche y mi memoria a corto plazo se disolvieron en varios tragos de tequila de cortesía. Volví a casa con muchas ganas de escribir, con una firma en mi ejemplar de Mundo anclado y con un guiño a Magritte a un costado de una piedrita dibujada en la portada (una flecha la une a la siguiente aclaración: “Esto no es una piedra”). Un verdadero talento el de Espinosa. Probo hasta la consecuencia última, lleva con justicia y al unísono un signo archimboldiano y barujiano en su apellido. Por ocasión segunda, brindé por él, aunque esta vez en soledad y con un trago fit, sabroso (digo la verdad y suena raro y me arrepiento) como la espuma de Venus. Me lleva la chingada. “Ojalá Morrasplainer estuviera aquí”.
“Hermano” (así llamé al barista), “¿me traes otro de estos?”. “¿Otro batido?, respondió luego luego, “¿igual de moras y galleta?”. “¿Tiene nombre este trago?”, pregunté. “Pues así, de moras”, dijo, “de moras con galleta”. “¿Han pensado en ponerle nombre?, dije, “como… ¿Espuma de Venus?”. “Se oye bien mal eso…”, dijo quien alguna vez yo me atreví a llamar hermano. “O Morrasplainer”, dije, más que avispado: propositivo. “¿Morra qué?”, dijo el barista que de haber sido mi hermano sin temor a equivocarme emularía a Caín. “Tráeme otro de estos”, respondí, “uno igualito.”. “Sale otra prote”, dijo el cantinero fit más sincero e insensato del mundo. Lo de “Morrasplainer” es simple: la segunda vez que la vi le conté que fui pizzero varios años, y que una pizza, para que saliera espléndida, debía… No me dejó terminar, se puso a explicarme con lujo de detalle la manera correcta de cocinar una pizza. Nunca había hecho una, confesó, pero me aseguró que así se cocinaba el clásico italiano. “Hoy me hicieron morrasplaining”, escribí en mi ex…trabagante diario íntimo (que en tiempos se llamó Twitter). Naturalmente, perdí chingos de followers. No me importó; en medio de un puñado de corazones yacía un fav, el fav de una chica que, aunque jamás había cocinado una, dominaba como nadie el arte de hacer pizza.
Un año después le dije acompáñame a la tienda y la llevé al estreno de Alcira y el campo de espigas, de Agustín Fernández Gabard, en la Cineteca Nacional, frente al hospital donde estuve a punto de perder la vida. En un momento de la función nos volteamos a mirar al mismo tiempo el uno al otro y, con una rara sincronía, susurramos la misma palabra: “Alcira”. Sucede que pocos meses antes del gran mal que asfixió al mundo conseguí empleo en una librería exquisita entre las exquisitas. Allí pasó por mis manos antes que por su lugar en el librero una obra de nombre Escribir poesía ¿vivir dónde?. El único entre todas las sucursales. Porque reconocí a la autora lo leí enseguida, a escondidas y con prisa. Luego lo acomodé en la sección de arte y cuando ahorré lo suficiente para adquirirlo por las buenas, ya no lo hallé, sino hasta algunos años después, en España, y de allí lo mandé a traer para regalarselo a Morrasplainer en su cumpleaños. Se trata de un estudio de la vida de Alcira Soust Scaffo, la unión de diversas voluntades para reconstruir fragmentos de la vida de una persona fascinante. El libro tiene en su haber fotografías, semblanzas, evocaciones, testimonios y parte de su obra poética en facsimilar: un apartado titulado Poesía en armas, el quehacer literario y combativo de toda una vida, una preciosa declaración de principios y futuro, un contundente grito contra la tiranía, una celebración y reinvención del lenguaje, una carta de amor, malgré tout, a la existencia.
Cuando acabé de leer Mundo anclado tomé de los libros de Morrasplainer Escribir poesía ¿vivir dónde? y comencé su segunda lectura en un autobús, rumbo a San Ángel. Siempre me han llamado la atención los patrones. Los lazos invisibles. Las extrañas y, en ocasiones, astronómicas coincidencias. Qué probabilidad hay de que cuando estoy leyendo la semblanza de una poeta uruguaya mientras camino por la calle de Frontera para volver al hospital donde hace más de una década por poco y le amputan la pierna a mi padre —el mismo hospital donde llevé Morrasplainer para despojarla de un severo daño químico de sueño y dolor—, arrive en mi lectura al segundo párrafo de la página 34, que a la letra dice:
«Sus amigos de Antropología y de la Facultad [de] Filosofía y Letras (FFyL) fundan la que sería la primera Baticueva, ubicada en la calle Frontera, en el barrio de San Ángel.».
Quizá sea algo más común de lo que creo. A lo mejor esas extrañas sincronías le ocurren muy seguido a todos y sólo a mí logran emocionarme más de la cuenta.
No me mostraron el expediente clínico de mi padre, pero me vi en ese cuadrante del sur día y noche doce años atrás, desesperado. Hablamos antes de la operación, solos, él y yo. La Avenida México detenida en la ventana de su cuarto y en mi mano un análisis de laboratorio con la noticia de una bacteria asesina. Recordé cuando me revisaba los deberes de la primaria, cómo enfurecía si encontraba palabras repetidas en un párrafo, abusos de los “que”, “se” multiplicados hasta el vicio, gerundios sin paralelo ni progreso, torpezas que desbarataban, en fin, la música secreta en mi tarea. “Ese es el germen”, le dije. “Y ahora un pinche germen me tiene aquí”, respondió, de botepronto. Nos reímos. Nos reímos a carcajadas y las mías se volvieron llanto. “Gracias”. Me negué a pensar en esa charla como una despedida. Quizá lo fue.
La primera claridad del día atravesó los ventanales de un pueblo antiguo erigido en el espinazo de una colina donde hace siglos los hombres entendieron a los pájaros; el pueblo al que le fue concedida siglos atrás una Merced Real para que los guajolotes siguieran siendo criados sobre espejos de agua en santa paz; el pueblo que no le entregó al Imperio Mexicano, ni a los invasores del general Scott, ni a los ministros de la República el códice que da cuenta de la fundación de los cuatro pueblos originarios de este pedazo del mundo, alguna vez dominado por otro Imperio de piedra y carne abierta; el pueblo, por cierto, en el que vivió brevemente —apenas unos meses— la madre de la poesía mexicana.
Pedí la cuenta, me despedí de Caín y salí de ese lugar hipnótico. Caminé lento, miré el cielo. En medio de una constelación animal desfigurada distinguí un agujero blanco por el cual resbalaba para arriba poco a poco la espesura de la noche.
“Es puma de Venus. Ce pum a devenu en… espuma de Venus.”.
Abrí despacio la puerta de la casa; para no hacer ruido, me descalcé. Entré a la habitación. Morrasplainer dormía todavía y los labios de Alssyra, como por un acto reflejo, prendidos a la teta de su madre, simulaban chupar del pezón. Salí del cuarto y me tumbé en el sillón, de vista a la pared de mi librero. Un cuaderno estaba fuera de su sitio, encajado entre otros libros a la fuerza. Como un Arturo real de pacotilla, fui a desclavarlo. Cuando lo hojeé, lo entendí todo.
La pasta del cuaderno artesanal tiene pegada una réplica del sugestivo cartel Le Chat Noir de Steinlen; las hojas son de papel orgánico y, salvo por un escrito al final, está vacío. Lo adquirí en un viaje una década y fracción atrás. En la última página, el último día de mi estancia en la capital cervantina de América, escribí un poema que le dediqué a dos personas. Una: el poeta guanajuatense Héctor Anguiano Ceccopieri, muerto a los 24 años, autor de Inventar el amor y a quien no conocí. La otra: L., mi pareja de entonces y a quien intentaron raptar afuera del hotel mientras yo escribía, sentado en la orilla de una fuente, a pocos metros de allí, el poema que le dediqué a los dos. Parado frente mi librero, busqué el poemario de Ceccopieri que me llevé de la librería desde donde se miraba, cabal, la majestad de rectángula de la Alhóndiga de Granaditas. Desistí cuando advertí el grueso lomo de El doctor Zhivago. Barrí el canto del libro con el pulgar para olisquearlo a metralla, pero un férreo doblez interno dominó muy al inicio la cadencia de las hojas y allí, en el cuerpo literario de dos páginas: una serie de palabras como islas, subrayadas con marcatextos y unidas con trazos rectos de bolígrafo los días que la ladrona de novelas y yo nos separamos por primera vez y no nos vimos durante días, durante semanas, durante meses. Recuerdo el dolor. Un viento áspero interior, árido, lacerante. El llanto traicionero e inaguantable.
Si uno comienza en la página 13 con la palabra ausencia (envuelta en su rosada fluoresencia) y sigue el trazo fino de la tinta ha de encontrarse más arriba con la palabra bosque (anegada en rosa espuma); la consecuente línea conducirá a quien persevere a la palabra tres del renglón 20, al sur, ya muy al sur de la página 12, y las rayas diagonales y las rosáceas nebulosas han de seguir y seguir hasta volver mojadas al origen.
Te equivocas, Morrasplainer. Dejo en la mesa de la casa el mapa estelar de esta temprana constelación poética (sabrá el tiempo revelarte lo que devora, lento y silente, el haz de su figura):
AUSENCIA
Bosque perenne, cuervos,
extraños pájaros. Seda,
luces de verano. Gozado.
Borracho. Alfiler, álgido
segar bajo la tierra: espigas.
Viajar por carretera,
crepitar profundamente
para curarse el alma.
¿Y aquéllas? Lágrimas.
Ausencia.