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Palabras secretas: mil novecientos setenta y uno

Palabras secretas: mil novecientos setenta y uno

Elena Muro

Elena González Muro es escritora, periodista y editora originaria de Guadalajara. Su trabajo explora los cruces entre cultura, literatura y política, con una atención particular a las formas en que las personas construyen comunidad, identidad y memoria.

Elena González Muro es escritora, periodista y editora originaria de Guadalajara. Su trabajo explora los cruces entre cultura, literatura y política, con una atención particular a las formas en que las personas construyen comunidad, identidad y memoria.

En la memoria hay rastros de serpientes jeroglíficos trazados en jardines palabras secretas en la arena
guedejas de caminos que se encuentran
el porvenir escrito en signos y en el centro del laberinto tu nombre.

Elena Garro
(fragmento de “En la memoria”)

Aquí un guijarro en la historia. En México se han jugado cuatro mundiales: 1970, 1986, 2026 y, el olvidado, 1971. El segundo mundial de fútbol femenil. ¿Cómo olvidar algo así? No es gracias a la memoria selectiva, ni a la sutil impronta del evento —fuimos subcampeonas del mundo en el Estadio Azteca: 110 mil aficionados en la final de México contra Dinamarca—. Como muchos otros casos de omisión sistemática contra las mujeres, el recuerdo se guardó en un baúl con candado, la llave fue engullida y, atado a pesadísimos lastres, se lanzó a las profundidades, esperando que nunca más ascendiera.

La magnitud, más allá de sus dimensiones numéricas, se remonta a los violentos antecedentes en diferentes partes del mundo. En 1921, la Asociación Inglesa de Fútbol (FA) prohibió los partidos de mujeres con la justificación de que eran peligrosos para su salud reproductiva. El trasfondo: después de la Primera Guerra Mundial, el fútbol femenino empezó a ganar tal popularidad que amenazaba a las ligas masculinas. Cincuenta años pasaron para que se suprimiera la restricción. Aunque, de acuerdo con Suzanne Wrack, periodista deportiva de The Guardian, desde 1890, la federación enviaba advertencias a los clubes que permitieran los partidos femeniles en sus canchas.

“How the FA banned women’s football in 1921 and tried to justify it”
“How the FA banned women’s football in 1921 and tried to justify it”
The Guardian

Algunos países que secundaron y aplicaron la prohibición inglesa fueron Australia, Bélgica, Canadá, Escocia y Gales. En 1940, Brasil contaba con quince clubes de mujeres y un creciente número de aficionados. Al año siguiente, el Ministerio de Salud declaró que era un deporte “incompatible con las condiciones de su naturaleza”, y se emitió una prohibición que fue efectiva hasta 1981. En Dinamarca, después de que las jugadoras resultaron campeonas en 1971, la Unión Danesa de Fútbol buscó vetar a las mujeres del deporte, pues afirmaban que jamás se tomarían en serio un partido femenil. En Alemania, España, Brunei, Checoslovaquia, Francia, Irán, Malasia, Países Bajos, Nigeria, Noruega, Paraguay, Arabia Saudita, Unión Soviética, Estados Unidos y Yugoslavia el fútbol llegó a ser solo para hombres.

Sobre el cuerpo de la mujer se traza la dominación, los recuerdos de un porvenir patriarcal.

¿Cómo olvidar algo así? El recuerdo se guardó en un baúl con candado, la llave fue engullida y, atado a pesadísimos lastres, se lanzó a las profundidades, esperando que nunca más ascendiera.



El centro del laberinto: Las Pioneras


A los diecinueve años, Sylvia Plath escribió en su diario lo siguiente: “Haber nacido mujer es mi tragedia. Desde el momento en que fui concebida quedé condenada a tener pechos y ovarios en lugar de pene y testículos, aquí la esfera entera de mis actos, mis pensamientos y mis sentimientos quedará estrictamente limitada por mi feminidad inexorable”. Trasiega la condición compartida, la de todas las mujeres cuya experiencia transita en las fronteras del género y los intentos de escape se manifiestan en actos de violencia, tanto en el lenguaje como en el cuerpo.

“Marimachas” o “las que juegan del otro lado” son algunas de las denominaciones que recibieron —todavía— las jugadoras en la Copa Mundial de Fútbol 1971, el cual se llevó a cabo con tan solo seis selecciones: México, Argentina, Italia, Inglaterra, Dinamarca y Francia. El éxito de esta contienda radicó en que fue un breve producto comercial que llamó la atención de algunas marcas como Martini & Rossi —el principal patrocinador— Carta Blanca, Lagg’s y Dietafel, un refresco de dieta. El capital se apropió por momentos del juego, pero como regla genérica y patriarcal, terminó por socavar la impronta histórica de estas mujeres. A quienes, por cierto, no se les pagó por su participación.

Exposición La Ciudad que no ha dejado de jugar
Exposición La Ciudad que no ha dejado de jugar
Secretaría de turismo de la Ciudad de México

Ni para el mundial del 71, ni para el del 70 en Italia, —el primer torneo internacional de fútbol femenil— contaron con apoyo para entrenamientos ni viáticos. En una entrevista para Canal Once, Alicia Vargas “La Pele” relata que ni siquiera tenían uniformes, y Sandra Tapia, en un episodio de Capital 21, recuerda que fue Enrique Borja quien les regaló la camiseta. Se las entregó momentos antes de subir al avión que las llevaría a Europa.

“Las Pioneras” son todas las jugadoras de las seis selecciones que participaron en la copa, pues más que un precedente en el deporte, fragmentaron los prismas sociales y esa feminidad inexorable, que por suerte no es más que un invento. Aquí nuestras pioneras mexicanas: Teresa Aguilar, Elvira Aracén, Irma Chávez, Martha Coronado, Lourdes de la Rosa, María de la Luz Hernández, Patricia Hernández, Elsa Huerta, Bertha Orduña, Paula Pérez, Yolanda Ramírez, Eréndira Rangel, María Eugenia Rubio, Sandra Tapia, Guadalupe Tovar, Alicia Vargas, and Silvia Zaragoza.

Caminos que se encuentran: ¿cómo ver el mundial?


Frente a estos antecedentes y a los problemas actuales que rodean a la justa deportiva,

¿cómo ver un mundial de hombres con una constante necesidad de exhibir sus actitudes varoniles? ¿Cómo ver un mundial donde las cifras de violencia de género aumentan, así como el tráfico y la prostitución infantil? Nos enfrentamos a los que Rita Segato denomina el mandato de la masculinidad:

[…] los imperativos que ha de cumplir el varón, para desempeñarse como tal, desde que nace hasta que muere, incluyendo el cómo ha de comportarse frente a las mujeres. […] (Alanís, 2018). “Este mandato pone a los hombres en una constante necesidad de demostración ante sus pares de su potencia (económica, sexual, física o de dominación) para tener aceptación” (Vigón, 2018).

Con reservas, se devela el secreto del 71. La memoria ahora surge, y se les busca dar el reconocimiento a las jugadoras que hace cincuenta y cinco años no tuvieron. Claro, un único aplauso que se socava en la “pasión del fútbol”, la excusa que permite a los hombres manifestar emociones y mostrar una vulnerabilidad que se desfoga en el otro. ¿Cómo verlo? Con sentido crítico y sin complicidades, pues en el centro de la memoria y del presente no deben permear el olvido ni la normalización de la violencia machista.

Yo veré el mundial, porque también me emociona ver a México jugar y la idea de ser campeones; son parte de mis pasiones románticas y nacionalistas. Al final, en torno al juego pueden surgir espacios dialógicos y de comunidad, donde se desvelen más secretos y se exponga todo aquello que no aboga por una sociedad más igualitaria. Con eso en mente, lanzo estas preguntas al aire, otros guijarros, como un juego análogo al de la cancha, uno que no olvida:

¿Cómo ver un mundial donde el principal protagonista será Estados Unidos; donde Irán tiene que jugar en un país que lo bombardea; al que no podemos asistir por el costo de los boletos; donde la FIFA, las marcas, los patrocinadores y las televisoras no pagan impuestos, pero nosotros sí; donde se encontraron casi quinientas bolsas de desaparecidos junto al Estadio Akron, en Zapopan?