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Lo herm(oso)

Lo herm(oso)

Patricio Ventosa

Director y columnista de Alkymia, escribe como quien colecciona ecos. Interesado en lo mínimo y en lo invisible, combina ciencia, arte y memoria para pensar el mundo desde afuera hacia adentro. A veces también hace entrevistas.

Director y columnista de Alkymia, escribe como quien colecciona ecos. Interesado en lo mínimo y en lo invisible, combina ciencia, arte y memoria para pensar el mundo desde afuera hacia adentro. A veces también hace entrevistas.

Después de un rato de pesca en el río, él toma el camino de siempre de regreso a casa. Cruza el arroyo y se detiene en su asiento de siempre para ver a los patos un rato. El tiempo vuela, pero no importa, no hay mucho qué hacer hoy. Silenciosamente se levanta y continúa su camino. Él va tarde y, aún así, se detiene a ver el atardecer. Por segunda vez en su día, se detiene a absorber la belleza. Por fin, al esconderse el sol, se asienta en el tronco que él conoce como hogar.

A lo largo de la historia, hemos entendido la percepción de la belleza como una sensibilidad intrínseca del humano. Somos nosotros, a diferencia del resto de los animales, que podemos considerar que algo es estético. Incluso, en varias ocasiones hemos definido que lo que nos hace humanos es, precisamente, nuestro acceso a lo bello. En el párrafo anterior, sin embargo, contamos la historia de un oso.

Evidencia nueva sugiere que los osos tienen un sentido de la belleza suficientemente desarrollado como para compararse al nuestro. Como es de esperarse, carezco de los permisos necesarios para encerrar a osos en una galería de arte y estudiar sus comportamientos, pero juguemos a que este ensayo puede ser un reemplazo. Por consecuencia, y por mera convención, durante este texto asumiremos que la hipótesis se cumple.

El oso, entonces, tiene cognición suficiente para experimentar la belleza. No debería ser sorpresa para nadie, en realidad. Estamos hablando del mismo animal que nos ha obligado a constantemente crear nuevos tipos de puertas porque siempre, de una forma u otra, logran abrirlas. Especie que incluye a Wotjek, teniente del ejército polaco, ávido amante de la cerveza y, sin dudas, mi oso favorito. Los osos tienen el radio cerebro-cuerpo más alto de todos los animales terrestres y, de por sí, ya son enormes. Tienen increíbles capacidades de aprendizaje, pues las mamás oso les enseñan todo lo que hay que saber desde una corta edad y, de forma despreciablemente cómica, los cirqueros les enseñan a andar en moto.

De ninguna forma espero que un oso pueda interpretar y experimentar la belleza detrás de tragedias shakespearianas o detrás de cuadros de Picasso, pero sin duda propone nuevas cuestiones que valen la pena explorar. Si un animal tan consciente y similar a nosotros es capaz de percibir belleza, ¿qué nos dice eso de la belleza en sí? Postulo, entonces, la percepción estética como un instinto común en la vida inteligente. Un instinto que, conforme la inteligencia crece, se manifiesta de forma natural. Se teoriza que la belleza se relaciona con nuestra especialización evolutiva hacia el reconocimiento de patrones; la simetría facial por la que tanto insistimos refleja fertilidad y las frutas que consideramos bellas son aquellas que no tienen indicios de putrefacción. Fue la naturaleza quien nos enseñó lo que es belleza.

Lo bello, entonces, está para siempre atado a lo natural. Evolutivamente, la belleza cumple una función concisa: permite que sintamos lindo frente a algo que nos beneficia y lo contrario con lo que no. Esto, sin embargo, lleva el inevitable efecto secundario de que podamos sentir lindo frente a cosas no prácticas o directamente benéficas. Antropólogos han concluido que el motivo por el cual hacíamos lanzas en forma de gota era, simplemente, porque así nos gustaban más; la belleza nos ha influenciado desde hace millones de años. La estética acompaña a la capacidad de reconocimiento de patrones y esta aumenta con la inteligencia del animal.

Entonces, si la belleza está atada directamente al intelecto, ¿por qué lo siento en mi pancita? Es precisamente aquí que el instinto juega su parte. La belleza ya está integrada a nuestro subconsciente y así se quedará. Los restos de una de las herramientas más significativas se quedaron con nosotros para permitirnos intentar hacer círculos perfectos y usar cuarzos en el cuello. Pero, si la belleza depende de lo natural ¿por qué berreé desconsoladamente cuando vi Up: una aventura de altura?

El arte no viene de la naturaleza, no es un atardecer, no es una roca que encontré en el piso, pero sí es bello. Encontramos belleza en lo natural y, por consecuencia, en los sentimientos. La misma naturaleza que nos permite experimentar la belleza es aquella que nos regaló la felicidad, el enojo, la frustración, la repugnancia y las increíbles ganas de llorar al ver Up: una aventura de altura. Consideramos bellas las creaciones humanas que reflejan sentimientos humanos auténticos. Con esto en mente, podemos divisar una métrica suficientemente efectiva para determinar cuáles sentimientos son naturales y cuáles no. Los sentimientos naturales son aquellos que también puede sentir un oso salvaje.

Un oso puede sentir cariño hacia su madre, un oso puede sentir frustración por no haber comido nada hoy, un oso no puede sentir el profundo agotamiento causado por la realidad del mundo capitalista. Espero. En ese sentido, lo bello no solo nace de la naturaleza con la que interactuamos; nace también de la naturaleza dentro de nosotros.

Es a través de seguir esta naturaleza propia que se nos presenta lo genuino. Lo genuino es eso que, aunque impalpable, podemos sentir en el arte con el que más conectamos. Lo genuino se asoma de entre todos esos sentimientos que, como artista, te sientes obligado a sacar. Este instinto que tenemos para detectar lo genuino, no es nada más que otra cara del instinto que tenemos para detectar lo bello.

Esto explica, también, nuestra capacidad de encontrar belleza en lo trágico, lo grotesco y eso que simplemente se siente feo. Es ese tipo de belleza que da ligerísimas ganas de vomitar. La belleza detrás de saber que todos nos vamos a morir. La belleza detrás de saber que, en algún momento, ya no habrá patos en el estanque. La belleza detrás de no saber nada, realmente. La belleza detrás de un salmón recién salido del agua, sangrando entre tus dientes.

Postular la posible conexión entre instinto e intelecto, como sucede con nuestra apreciación de lo bello, incomoda. Lo cierto es que están íntimamente conectados y nos recuerdan que, como tantos otros en el planeta, no somos nada más que animales. Podemos encontrar un valor enorme detrás de estudiar otras especies si, en lugar de verlas como sujetos de prueba, las vemos como maestros. Como mero ejercicio, propongo convertirnos, si el día nos lo permite, en émulos de oso.

Entonces ¿qué es ser un oso? No soy una perfecta máquina de destrucción de doscientos setenta kilos, pero puedo asumir que involucra sentarse a comer bayas. Y dormir en un tronco o una cueva fresca. Y rascarse con un árbol. Y pelear contra pumas. Y dejar que un extraño te enseñe a andar en moto. Y cortejar a algún otro oso. Y abrigarse en invierno. Y abrir puertas. Y buscar paz. Y aprender de tu madre. Y mantenerte en movimiento. Y ver cómo el día atardece. Y sentir el sol. Y sentir a flor de piel.

Si es que la belleza es instintiva, convirtámonos en instinto. Nos enjaulamos, desde hace mucho, en rutinas de lógica e intelecto cuando podríamos, a voluntad, inclinarnos un poco. La división hecha entre los humanos y el resto de los animales no es natural. Es una barrera intelectual impuesta por nosotros; una barrera arrogante. Y, si me preguntas a mí, dudo mucho que un oso sienta arrogancia. Si el humano es un animal, ¿sucumbir a impulsos “animalísticos” no nos harían más humanos? El constante rechazo del instinto y de la pasión nos alejan de nosotros mismos y de lo bello. Porque, al final, un humano es eso: belleza. De entre todas las capas de artificio, en el centro no hay nada más que eso. Paradójicamente, lo bello se percibe a sí mismo, tomando prestados nuestros ojos. Y los de los osos.

Somos seres de naturaleza y de artificio. Vivimos, sin embargo, en un mundo creado por nosotros. Incluso, estamos empezando a vivir en un mundo creado por cosas que creamos nosotros. La balanza se inclina hacia un lado, pero no se inclina de regreso al otro. No hay vaivén, solo hay un “va”. La belleza intenta reflejarse en nuestros ojos y cada vez logra ver menos.

Entonces, después de un rato de pesca en el río, toma el camino de siempre de regreso a casa. Cruza el arroyo y detente en tu asiento de siempre para ver a los patos un rato. Deja que el tiempo vuele sin que te importe, no habrá mucho que hacer hoy. Silenciosamente levántate y continúa tu camino. Cuando ya sea tarde, detente a ver el atardecer. Por segunda vez en tu día, detente a absorber la belleza. Por fin, al esconderse el sol, asiéntate en el tronco que conoces como hogar.