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Life a. P. (antes de Pinterest) y d. GP. (después de Google Fotos)

De Sofía Zavala

Desde el inicio de la humanidad siempre hemos buscado dos cosas: crear y guardar todo aquello que creamos. El papel guarda la lengua, las partituras los sonidos y las iglesias nuestra fe. Por más monumental o sagrado que fuese todo aquello, siempre estaba a una invasión de distancia de ser destruido. Las pirámides fueron sepultadas, las mezquitas transformadas en iglesias y los libros terminaron consumidos por llamas. Todo esto pasó antes de que la tecnología nos permitiera guardar para la posteridad desde esta columna hasta tu video donde quisiste cantar Rolling in the Deep a los doce.

Gracias a los 17.99 MXN que Apple cobra por la capacidad de almacenamiento más básica y a la huella de carbono que implica tener edificios de centros de datos que, debido a la iluminación, interruptores y sistemas de climatización, podemos ir por la vida seguros de que tendremos nuestra información para siempre.

Sin embargo, pienso muy seguido que hemos perdido la capacidad de recordar y no, no hablo de la capacidad cognitiva que te permite memorizar cosas, si no de la capacidad sentimental.

El recordar era un ritual que comenzaba con la búsqueda de preservar algo en rollo y terminaba en la tinta de una pluma bic azul usada para anotar las fechas importantes.

El recortar, pegar, fijar con cinta y señalar con flechas los nombres de los personajes de una fotografía se ha visto reemplazado por tableros y carpetas.

Es que claro que no podemos ir en contra de lo moderno, porque nosotros mismos lo somos, pero sí podemos sentarnos a contemplar las consecuencias de que los recuerdos te encuentren cuando no los buscas.

Los recuerdos son almacenados de manera orgánica en nuestros sentidos y son activados por la estimulación de los mismos: el viento de abril, el aroma a perfume o la textura de una tela son detonadores de la nostalgia, pero es que ya no solamente llegan de esa manera, sino que irrumpen paredes de forma agresiva cuando Google decide enseñarme esa foto con alguna mascota fallecida o el atuendo que usé para mis primeros quince años.

El recordar tanto todo el tiempo y el poder digitalizar y preservar hasta las imágenes más cotidianas puede que nos este haciendo un poco de daño. Somos esclavos a la memoria y nos avergonzamos más que nunca.

El arrepentimiento, por ejemplo, proviene de los recuerdos. Es imposible sentir arrepentimiento de algo que no recordamos. Por ello, estoy segura de que la primera vez que quise confeccionar un vestido inspirado en Desayuno de Diamantes y lo usé para ir a la escuela no se veía bien, pero no hay fotografía. Solo recuerdo los pinchazos de las agujas y la emoción de verme reflejada en los cristales de algún negocio que obviamente no era Tiffany´s.

Ahora, con el acceso masivo a la tecnología, los actos cotidianos que antes eran parte de lo privado dejaron de serlo. Ir a comer solo, experimentar con ropa o caerte se puede convertir en un fenómeno viral y los quince minutos de fama están a la vuelta de la esquina. Sin embargo, la suerte de esto se asemeja a una ruleta rusa; puedes terminar filmando comerciales y series o quitándote la vida por la presión social que implica la viralidad.

El dilema de las redes sociales («The Social Dilemma”), un documental realizado por Netflix en el 2020 aborda la manera en la que los usuarios nos podemos ver afectados por el contenido que consumimos en redes sociales, donde hay una gran lista de implicaciones que conlleva tanto de manera social como psicológica. En uno de los episodios se aborda el tema de como cada día estamos más inmersos en nosotros mismos y es lógico, tenemos a Facebook, Instagram y X recordando quiéres éramos hace unos años.

La constante supervisión de nuestras decisiones nos ha hecho temerosos porque sabemos que una mala foto o video no solamente será objeto de risa en alguna reunión familiar, sino que estará por siempre en alguna app de fotos o stickers de WhatsApp.

En La presentación de la persona en la vida cotidiana, un libro del sociólogo Erving Goffman, se compara la vida con una obra de teatro: nuestro comportamiento en sociedad se asemeja con la interpretación de un personaje y se ubica la intención preparatoria de los camerinos en el hogar. No obstante, nuestro camerino ya no existe. Es posible conocer las dimensiones de la casa de alguien, el color de sus paredes y el acomodo de sus muebles de baño con tan solo ver sus stories de Instagram.

El área que estaba previamente designada para poder explorar nuestro «yo» más personal e íntimo se ha visto invadido por lentes y reflectores.

Entre la pérdida de este espacio sacro para el desarrollo de la personalidad y la constante sensación de que nos observan, hemos transformado nuestra vida en un panóptico que gira y gira al ritmo de la música horrorosa que Apple elige para hacerte una película con la persona que ya no deseas recordar.

Existe esta regla de escritores que básicamente establece que si quieres escribir un libro sobre un suceso personal necesitas que el tiempo pase para así poder recordar lo importante y esencial para la historia. Entonces, podría ser que para recordar mejor, tal vez necesitamos querer hacerlo menos y por fin limpiar el almacenamiento de Google. 

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