Noches y madrugadas habitadas por neuralgia e insomnio. Una colina de soledades, una montaña de lecturas y, en medio del valle de langostas, un raro lugar llamado Bar Bitúrico. Desde ese sitio de gamas de sedación eufórica escribe Adrián Eleuteri, un capitalino de una de las tantas capitales desperdigadas de Latinoamérica, capitales del tercer, cuarto y quinto mundo, y lo hace (a menudo) intentando descifrar patrones que (cautos o insolentes) reverberan en los libros de su biblioteca, en las cenizas del incendio de su bosque, en el pálpito de sus venas oculares o en el ruido esquizofrénico de viejos aparatos de vidrio gordo, que aún pervive en su memoria. Hace ya tiempo un accidente despojó a su pierna derecha de su sagrada inteligencia. Le conmueve la bondad discreta, la poesía honesta, la valentía en la derrota. Casi todas todas las madrugadas lo despierta un dolor esdrújulo (el rayo que no sé —¡zas!—) en su pierna pendeja. Se venda la rodilla por eso. Se calza un par de tenis por eso. Guarda una Bic y una libreta en la bolsa de su hoodie, agarra camino y vislumbra entre colina y montaña el parpadeante neón del Bar Bitúrico. Y entra. Y acude a su rincón. Y pide por el amor de Dios un trago proteico que disuelva la desdicha de su boba extremidad. Saca la Bic de la hoodie y la libreta luego. Cuando en el hombro de cualquier botella, la pata de una silla o sus nudillos se posa la langosta, la luz se luxa y sabe entonces que es momento de escribir.

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Mentirijillas

Mapa estelar de una temprana constelación poética