Darse la manita
Como hombre mexicano, hay pocas cosas que me microdosean ansiedad como saludar a otro hombre mexicano desconocido. Jamás he visto un primer saludo de mano que no sea, de menos, un tantito incómodo. Hay tantas configuraciones que podría uno armar un árbol de decisiones a partir del primer momento del contacto visual. A veces es un apretón, a veces es un chócalas, a veces es uno que se transforma en otro. Y aún así se hace.
¿Por qué? Hay una intimidad implícita, creo yo, detrás del contacto entre manos. Entregamos nuestra primera línea de defensa en nuestra primera interacción. Usamos la herramientas más grandes que nos han brindado años de evolución para algo que nos inventamos nosotros. Por medio de exaptación, las manos que tenemos para trepar y manipular hoy aprietan demasiado fuerte al primer novio de una adolescente; hoy caminan con dedos entrelazados que solo se sueltan para esquivar postes.
Lo cierto es que las manos no están hechas para sostenerse entre sí y se nos recuerda constantemente. Los dedos rara vez encajan del todo, queda un hueco extraño entre las palmas, una incomodidad mínima que obliga a ajustar la presión o a recolocar la forma. Sudan, se resbalan, se enfrían, se tensan. Es golpear un martillo contra otro. Hay algo antinatural en dos herramientas pensadas para sujetar el mundo cuando se limitan a sujetarse entre ellas.
Y, sin embargo, lo hacemos. Como si quisiéramos convencer a la evolución de que fueron hechas para recordarnos que no estamos solos. Aprendemos, por primera vez, a caminar tomados de la mano para usar a nuestros padres de bastón mientras nos tambaleamos. La costumbre que comienza como auxilio, por efecto residual, termina en conexión. Al tomarnos la mano, aceptamos el riesgo de no poder usar esa mano para impedir la caída tras un tropiezo, de no usar el volante con dos manos, de no experimentar el mundo en su totalidad.
Si me permiten la cursilería, creo que estamos buscando algo que sabemos que falta. Desde que nacemos, experimentamos el mundo a través de las manos. El agarrar no está muy lejos de apretar el puñito. Aprendemos, antes de poder a hablar, a extender la palma para que nos den un poquito de cereal. Aprendemos a sujetar meñiques mientras dormimos. Aprendemos a señalar lo que queremos.
Mi amiguísimo del alma, Alan Watts, habla mucho sobre nuestro lugar en el universo como parte de un todo. Sobre como la ilusión de la experiencia individual nos puede llegar a aislar de esta “verdad cósmica”. Cada quien tiene su cuerpo, cada quien tiene sus manos y cada quien vive como su propia extensión de la existencia. Se nos olvidó que en algún momento fuimos algo más, pero creo que lo sabemos.
Lo sabemos de la misma forma en que sabemos que en algún momento fuimos al kínder, que alguien en algún lugar nos parió. Y, de la misma forma en que intentamos reencontrar una canción a través de dos notas que recordamos del coro, extendemos la mano hacia otra. Extendemos la mano al universo para recordar como se sentía ser todo.
A pesar de lo incómodo, lo torpe y lo inconveniente que pueda llegar a ser, seguimos. Porque, instintivamente, tomamos lo que queremos con las manos.